“A comienzos del siglo XXI estamos descubriendo que los judíos forman parte nuevamente de selectos objetivos de violencia”. Pierre André Taguieff, historiador francés.
A partir de septiembre del 2000, cuando los palestinos decidieron optar por la violencia y rechazar las negociaciones de paz, se desató la más dramática ola de antisemitismo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Los hechos hablan por sí solos: En Francia, sinagogas, escuelas, cementerios y otras instituciones judías fueron atacados y cientos de judíos fueron objeto de agresiones verbales y físicas. Una ola similar de violencia se propagó a otros países europeos como Inglaterra, Alemania, Dinamarca y Bélgica. Seis décadas después de la desaparición de cientos de comunidades judeo-europeas, muchos judíos temieron por su integridad física.
Esta situación se ha agravado potencialmente, pero a nivel global, a raíz del conflicto en Gaza desatado por la masacre de Hamas en territorio israelí el 7 de octubre de 2023.
A diferencia del antisemitismo tradicional, de marcada connotación religiosa o racial, el «nuevo antisemitismo» se expresa básicamente en un discurso político fuertemente crítico hacia el Estado de Israel, llamado hoy antisionismo. Numerosos historiadores definen este fenómeno como un «nuevo antisemitismo», un hito en la larga y obscura historia de hostilidad a los judíos que caracterizó por siglos al continente europeo. Sin embargo, el antisemitismo disfrazado de condena a Israel y al sionismo no es algo nuevo. Durante años, quienes quisieron expresar su animadversión hacia los judíos –que por lo general no era aceptado socialmente después del Holocausto- ventilaban su sentimiento manifestando su oposición a Israel.
Hoy en día, la distinción entre antisemitismo y antisionismo se ha diluido. Resulta claro que el conflicto en Medio Oriente se ha convertido en el desencadenante de la verbalización de sentimientos antijudíos que estaban reprimidos en ciertos círculos sociales del mundo occidental. Detrás de los argumentos ideológicos y políticos, afloran los viejos prejuicios antisemitas.
Este «nuevo antisemitismo» no ha quedado confinado a los estratos marginados de la sociedad, en donde solían agazaparse las fuentes usuales de antipatía virulenta y visceral contra los judíos. Por el contrario, estos sentimientos se expresan ahora de una manera abierta en todos los sectores e instituciones: campus universitarios, academia, medios de comunicación y redes sociales, ONU, ONG´s, sindicatos de maestros y colegios desde educación básica, en las calles, en el deporte, en todo medio artístico, tanto contra individuos judíos como sus instituciones comunitarias.
Las grandes universidades se han convertido paulatinamente en incubadoras de antisemitismo, con proyectos académicos teóricos e ideológicos antijudíos que están formando a las nuevas generaciones. Académicos de la Universidad de Bruselas, como el Prof. Joel Kotek, ya advertían a principios del siglo XXI que los judíos que simpatizan con el sionismo y con el Estado de Israel, estaban siendo marginados: “La posición personal en relación al conflicto árabe-israelí se ha convertido en una prueba de lealtad. Quien exprese su solidaridad con Israel, es considerado simpatizante de un régimen nazi”. Hoy, año 2026, es ya un hecho consumado a nivel global. En claves del antisemitismo tradicional, exigir a un judío deslindarse de Israel para su aceptación, sería como una conversión forzada al cristianismo en la Edad Media.
El factor musulmán
La destrucción de Israel ha sido factor de identidad del mundo árabe desde principios del siglo XX. La identidad nacional palestina y la identidad árabe se construyeron en gran medida como una respuesta de oposición a la existencia del Estado judío en el seno del gran territorio musulmán, así, su delegitimación se convirtió en una necesidad identitaria.
Desde la década de los cincuenta, cuando Europa occidental resurgía de la devastación ocasionada por la Segunda Guerra Mundial, los llamados gastarbeitr -trabajadores huéspedes- comenzaron a llegar a ocupar los empleos que los europeos rechazaban. Una gran parte de los inmigrantes provenía de países musulmanes, particularmente de Turquía y del norte de África. A pesar de que la mayoría pensaba regresar a sus países de origen, muchos permanecieron y establecieron su hogar en el viejo continente.
En los últimos años, cientos de miles de musulmanes inmigraron a los países europeos atraídos por diversas razones: la posibilidad de prosperar, escapar de la violencia o de Estados fallidos, o por el cambio climático que ha amenazado su supervivencia.
Actualmente, hay entre 25 y 30 millones de musulmanes en Europa. En Francia habitan entre 4 y 5 millones, sin considerar a los dos o tres millones que se encuentran residiendo en forma ilegal. En Gran Bretaña supera el millón y en Alemania se calcula en 5 millones. Hay 3 millones de ellos en Italia, 800 mil en Holanda, 2.4 millones en España, y en ciudades como Copenhague representan el 10% de toda la población. El islam se convirtió así en la religión con el mayor índice de crecimiento en la región.
Se calcula que hay cerca de 5 millones de musulmanes en Estados Unidos, alrededor de 2 millones en Canadá, alrededor de un millón en el resto de los países de América. Hay proximadamente un millón en Australia.
La religiosidad de estas comunidades se ha incrementado y en muchos casos, los elementos más fanáticos han tomado el control e inculcan en sus seguidores el rechazo a los valores occidentales y el odio a Israel.
A la luz de la Intifada al-Aksa (2000-2005) y del conflicto en Gaza, el resentimiento de los inmigrantes musulmanes hacia los judíos se alimentó de las imágenes transmitidas por los medios de comunicación, las redes sociales y la manipulación de organizaciones pro-palestinas, subvencionadas con dinero de Iran, Qatar y otros países árabes principalmente. Las comunidades judías locales se han convirtido en objetivos legítimos de ataque. Al principio fueron jóvenes con grandes carencias económicas quienes encontraron tentador descargar su frustración contra las veteranas comunidades judías europeas. Posteriormente, el wokismo, algunas izquierdas progresistas y las nuevas teorías poscolonialistas y posmodernas fueron marcando a ciertos sectores de la sociedad en gran parte del mundo, transformando la imagen de Israel en un país colonialista, apartheid, opresor y victimario del pueblo palestino utilizando prácticas nazis. El relato de los medios de comunicación ha tenido un rol crucial para moldear esta percepción pública acerca de Israel.
El desprecio por la verdad, sello de estos tiempos, encuentra lugar en la nueva narrativa palestina, que busca reescribir la historia del pueblo judío y del Estado de Israel, apropiándose de personajes, como Jesús de Nazaret; negando eventos como el Holocausto; comparando este con la Nakba, una de las multiples falsas equiparaciones morales que se han hecho, ya que la Nakba fue resultado directo de la negativa de los palestinos y países árabes de aceptar la partición en 1947, y el Holocausto, un genocidio planeado y ejecutado por Alemania y sus aliados.
La satanización del Estado de Israel a nivel global, tanto popular, institucional, académica y gubernamental ha provocado una muy peligrosa deslegitimación de su existencia y un antisemitismo rampante.
La responsabilidad de las élites
Gran parte de la responsabilidad por las acciones violentas en contra de los judíos recae en las élites por permanecer, en la mayoría de las veces, pasivos ante los actos antisemitas y haber generado un ambiente en que el odio hacia los judíos no es considerado una conducta inaceptable.
Paralelamente, la violencia árabe es aceptada silenciosamente y se busca, aplicando el doble rasero, descontextualizar los hechos o justificar las acciones terroristas. De hecho, los judíos y el Estado de Israel han sido víctimas de una intensa campaña de difamación pública, en la que incluso se les señala como “los nuevos nazis”. Con ello, en cierta forma se ha recompensado a quienes utilizan el terror.
El fracaso internacional para movilizar una oposición efectiva ante el torrente de antisemitismo ultrajante que inundó la Conferencia Mundial en Contra del Racismo celebrada en Durban en septiembre del 2001, demostró que la hostilidad hacia los judíos es una grave amenaza, no solo para los judíos e Israel, sino para la sociedad. En forma significativa, las acciones de quienes “secuestraron” la Cumbre y la convirtieron en un festival de odio -como fue el caso de Irán, Irak, Libia y Siria-, fueron tranquilamente aceptadas.
Este modelo inspiró la acción del «nuevo antisemitismo» europeo, dotándolo de una mezcla de argumentos ideológicos, con motivos claramente racistas y antisemitas al estilo más tradicional. Es un hecho que esta política tendrá consecuencias existenciales para el futuro del continente europeo, mismo que en más de una ocasión ha demostrado las secuelas de permitir la existencia de un odio devastador.
Aderezada con nuevas propuestas teóricas e ideológicas, enormes similitudes de este «nuevo antisemitismo» europeo ha surgido en el mundo occidental a raíz de la masacre cometida por Hamas en 2023, poniendo en entredicho y en peligro los valores universales de esta civilización y la seguridad de los judíos, como sucedió en 2025 con el tiroteo masivo antisemita durante una festividad judía en Bondi Beach, Australia, donde un padre musulmán y su hijo, asesinaron a 15 personas e hirieron a 40.
Las manifestaciones pro palestinas y antisionistas en calles y universidades y las amenazas y ataques a individuos e instituciones judías, han sido tranquilamente aceptadas y rara vez condenadas por las autoridades, a pesar de sus consignas como “matar a los judíos”, “gasearlos” o la frase ya omnipresente “Del río al mar”, que implica llanamente la desaparición del Estado de Israel.
El factor político
Agregadas a las manifestaciones antisemitas de grupos de la derecha radical, las nuevas se derivan también, en gran medida, de los grupos de izquierda que han transformado la simpatía por la causa palestina en un proceso de demonización del Estado de Israel mezclado con giros antisemitas.
Al omitir la responsabilidad de los ataques terroristas palestinos y enfocarse únicamente en las medidas represivas de Israel, organizaciones internacionales, medios de comunicación y académicos han dado pie a considerar las acciones israelíes como de carácter genocida y de limpieza étnica, manipulando ambos términos. Este proceso de acusaciones monolíticas en contra de Israel no ha sido revertido ni contra-argumentado por la mayoría de los gobiernos, quienes de esa manera han permitido que las incriminaciones recaigan únicamente sobre Israel y los judíos.
El «nuevo antisemitismo», calificado por Judea Perl como Sionofobia, recupera estereotipos de los diversos tipos de antisemitismo (judeofobia, término más preciso) en la historia del pueblo de Israel y los mezcla con el antisionismo. En él, la palabra sionista está sustituyendo a la palabra judío.
La crítica a Israel es aceptable como lo sería a cualquier Estado, sin embargo, es antisemita (Sionofobia) cuando le niega su derecho a la existencia y a la autodefensa; cuando establece comparaciones históricas entre la política israelí hacia los palestinos y la persecución de los judíos durante el Tercer Reich; cuando juzga la política israelí con un doble rasero; cuando transfiere estereotipos antisemitas al Estado de Israel; o cuando traslada esta crítica a los judíos en general, responsabilizándolos de los acontecimientos en Oriente Medio.
Si en los primeros años del siglo XXI la aparición de este «nuevo antisemitismo» generó una gran tensión en el seno de las comunidades judías del Viejo Continente agudizando la sensación de inseguridad personal, la situación hoy, 2026, se ha agravado aún más. La “exportación” del conflicto del Medio Oriente destaca la paradoja histórica en que se ve inserto el movimiento sionista, una de cuyas aspiraciones centrales fue y ha sido la de ofrecer seguridad a las minorías judías perseguidas a través de su concentración territorial en un Estado propio.
Desafortunadamente en la práctica, los acontecimientos históricos se han desarrollado de tal modo que la inseguridad judía se ha acentuado tanto en la tierra de Israel como en la diáspora.
Bibliografía
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Gordon, Murria. (2002). The New Antisemitism in Western Europe. The American Jewish Committee. Estados Unidos.
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Rosen, M. Daniel. ´Zionophobia´: A new term to fight anti-Zionism – opinion. (2026, february 26). The Jerusalem Post.











