El mundo está siendo testigo del resurgimiento del antisemitismo a gran escala. En los años 80 y 90 del siglo XX, la apertura en los países comunistas, la reunificación de las dos Alemanias y el renacimiento de nacionalismos exacerbados propició que ciertos sectores contrarios a la existencia de minorías étnicas y religiosas en el seno de las sociedades europeas, cobraran fuerza. Por ende, científicos sociales en diversas latitudes retomaron la temática del antisemitismo y del racismo en general, en un afán de explicar las causas que han impulsado su desarrollo y sus manifestaciones en el siglo XXI.
Durante años, los estudios de opinión utilizados para medir la relación entre el grado de antisemitismo y diversas variables como la educación, el status económico y la edad, arrojaron datos interesantes. Por ejemplo, en investigaciones realizadas hace pocos años en Estados Unidos se encontró que las personas de mayor edad presentaban una actitud más hostil hacia los judíos que los jóvenes. Sucedía lo mismo con las mujeres a diferencia de los hombres. Se halló, también, que mientras más educación tenían expresaban, en menor grado, sentimientos antisemitas.
Al examinar dichas correlaciones se consideró, en la mayoría de los casos, que la educación constituía un factor central. De este modo, se pudo establecer la premisa hipotética de que conforme aumenta el nivel educativo disminuye el antisemitismo. Sin embargo, esta premisa no siempre se cumple. Tal es el caso, por ejemplo, de la Alemania de los Kaisers (1871-1918) en donde los intelectuales fueron los responsables del desarrollo de las teorías racistas que dieron sustento al programa antisemita implantado por los nazis.
Sobre este orden de ideas, un estudio posterior indicó que tal vez no fuera la educación por sí sola la que produce la ausencia de los prejuicios contra minorías, sino que se trata de alguna característica o combinación de características comunes entre aquellos que mantienen un mayor nivel educativo. Pudiera tratarse de individuos más inteligentes o con una mentalidad más liberal, o que provinieran de un ambiente que lo predispone a los valores progresistas, como es el caso de familias interesadas en cuestiones cívicas y políticas o de comunidades cuyo contacto con las minorías -en este caso la judía- sea frecuente.
De hecho, según demuestran los estudios, el contacto personal contribuye en gran medida a disminuir los prejuicios. Quienes tenían alguna asociación con judíos parecían ser menos antisemitas que los que no la tenían. Las amistades de la infancia demostraron ser particularmente importantes. De estas premisas podríamos concluir que quienes han tenido contacto con los judíos descubren que se pueden relacionar con ellos como con cualquier otra persona y por ello cambian sus actitudes hacia el grupo en general.
Por su parte, en México, en estudios de opinión sobre actitudes antisemitas realizados hace unos años, se encontró que en la mayoría de los sujetos entrevistados el nivel de escolaridad demostró tener una influencia determinante en la neutralización de los estereotipos judíos negativos. Así mismo, el acercamiento entre judíos y cristianos propiciado por la proclamación de la Declaración Nostra Aetate en 1965, facilitó el diálogo y debilitó los estereotipos antisemitas clásicos.
Sin embargo, a raíz de los efectos de la Intifada Al Aksa (2000-2005), de la Conferencia Mundial en Contra del Racismo (2001), del auge del wokismo a partir de 2013, y de la guerra en Gaza (2023-), entre otras razones[1], se ha matizado el dogma de que la educación por sí sola pudiera disminuir el antisemitismo.
Estudios recientes han detectado que la educación superior suele correlacionarse con menor respaldo a estereotipos antisemitas tradicionales, pero no necesariamente protege contra nuevas formas, más sofisticadas o ideologizadas, de antisemitismo. En un analisis de datos de más de 100 países[2] se encontró que la relación entre educación y antisemitismo depende mucho del clima político y cultural del país, y del tipo de valores y marcos morales transmitidos por sus instituciones.
En sociedades donde las instituciones educativas y políticas combaten activamente el antisemitismo, más educación sí se asocia con menos prejuicio antijudío, pero en sociedades donde el antisemitismo está normalizado, relativizado o ideológicamente disfrazado, los sectores más educados pueden darle formas más sofisticadas, más abstractas o más racionalizadas ideológicamente y mostrar mayor adhesión a ciertos estereotipos antisemitas.
Lo que ha ocurrido en universidades de Estados Unidos y Europa desde octubre de 2023 -cuando Hamás asesinó a 1200 personas y secuestró a más de 250, provocando la respuesta de Israel y la guerra en Gaza- es particularmente llamativo, porque el antisemitismo floreció precisamente en el entorno de la educación superior formal, convirtiéndose en su principal foco. En muchos ambientes universitarios se han escuchado teorías conspirativas sobre el supuesto poder global de los judíos y de Israel, expresiones que les deshumanizan, reinterpretaciones donde dejan de ser vistos como minoría vulnerable para ser presentados como paradigma del poder opresor, del privilegio y de la injusticia sistémica, se ha aplicado un doble rasero tanto a judíos como a Israel, y han excluido simbólicamente a estudiantes y maestros judíos, entre otras manifestaciones.
Encuestas de la ADL encontraron que estudiantes universitarios en California mostraban niveles elevados de aceptación de ciertos estereotipos anti-judíos y fuerte hostilidad hacia Israel, y que la masacre del 7/10, en lugar de un efecto de empatía hacia los judíos, hubo ausencia de ella. El sentimiento antiisraelí ha sido el predictor más fuerte de las actitudes antijudías entre ellos, siendo más intenso que el antisemitismo, sin embargo, hay factores que han jugado una función importante, como el resentimiento racial, la xenofobia, la ideología política, la religión en el hogar y una creencia general en teorías de conspiración.[3] Este antisionismo a menudo se expresa no solo con simples declaraciones de desacuerdo sobre política y legislación israelí, sino también con afirmaciones de prejuicio e intolerancia hacia el pueblo y la cultura judíos. Es probable que las expresiones más contundentes de antisemitismo pudieran reflejar prejuicios que siempre han estado presentes, pero ahora se hacen evidentes; también, que el gran activismo que despertó la guerra en Gaza en los campus universitarios haya avivado el antisemitismo y dificultado, e incluso imposibilitado en algunos lugares, el diálogo razonado sobre el conflicto israelí-palestino.
El aumento y reformulación del antisemitismo después del 7/10 no es solo un fenómeno universitario, sino social. Las manifestaciones y expresiones que se ven y escuchan a diario en distintos espacios a nivel mudial muestra que el antisemitismo contemporáneo ya no suele presentarse como una doctrina religiosa, socio-cultural, económica o racial, sino como una acusación moral y política, en la que los judíos dejan de ser acusados de “matar a Cristo”, “envenenar pozos” o “controlar bancos”, y pasan a ser acusados, con Israel, de representar el máximo mal moral de la época: colonialismo, racismo, supremacismo, apartheid o genocidio.
El contenido cambia, pero la función simbólica, con su anclaje en la psicología individual y colectiva,[4] sigue siendo convertir a los judíos y a Israel en explicación y encarnación de los males del mundo, especialmente con la deslegitimación del término “sionista”. Este desplazamiento es central y explica por qué personas que rechazarían el antisemitismo clásico pueden no reconocer elementos antisemitas en discursos que consideran humanitarios o progresistas.
Es importante aclarar que no todo apoyo a Palestina necesariamente se correlaciona con antisemitismo tradicional, hay activismo pro-palestino genuinamente humanitario y no antisemita; pero también existe otro sector donde el discurso antiisraelí puede disfrazarse de discurso político sobre derechos humanos o geopolítica, pero funciona como vehículo para viejos patrones antijudíos. En la práctica, la frontera a veces se vuelve borrosa.
Si el Estado y las élites normalizan o condenan el antisemitismo, la educación amplifica ese mensaje. Un ejemplo es el que presentan Nyhan et al.: En países que apoyaron activamente declaraciones de la ONU que condenan el negacionismo del Holocausto, mayor educación se asocia con menor respaldo a estereotipos antisemitas; por el contrario, en países que rechazaron esas declaraciones, las personas con mayor educación son más propensas a respaldar estereotipos antisemitas que las menos educadas.
Un rol crucial es el que han jugado la tecnología, los medios y redes sociales. La exposición en ellos a mensajes antisemitas de líderes políticos o movimientos tiene mayor efecto en personas más educadas, que son más atentas a las señales de élite.
Se ha visto que personas muy educadas pueden encontrar una justificación racional a sus prejuicios de maneras más complejas. Por ejemplo, durante décadas después del Holocausto el antisemitismo quedó moralmente deslegitimado en los espacios educados occidentales. Hoy, en muchos ambientes intelectuales, parte de esa prohibición moral se ha debilitado, reformulado o invertido, en gran parte debido a teorías poscoloniales e interseccionales desarrolladas en universidades occidentales a fines del siglo XX, en las que la lógica moral organiza el mundo en binomios, como opresor/oprimido, colonizador/colonizado, privilegiado/marginado, a diferencia de las ideas universalistas anteriores que apoyaban al individuo y el pluralismo. Esto cambió la manera en que se perciben las minorías, entre ellas la judía.
Dentro de este esquema, muchos han reinterpretado a Israel como potencia colonial occidental y a los judíos no como individuos diferenciados, sino como un bloque homogeneo que forma parte del poder y del privilegio occidental, demasiado “exitosos” para ser considerados vulnerables, y por lo tanto, protegidos. De esta manera se ignora, simplifica y distorsiona la compleja historia judía y se convierte en un relato moral binario.
Otros mecanismos de justificación racional de prejuicios antijudíos y anti israelies son:
- Legitimación o normalización del discurso antisemita como un imperativo ético o una postura política justa, disfrazando el prejuicio antijudío con el lenguaje de los derechos humanos, el antirracismo y el anticolonialismo; esto permite que el prejuicio se asuma como una justicia progresista en defensa de los desvalidos o los marginados y se cancele a quien no respalda la premisa.
- Instrumentalización de la justicia en el debate geopolítico, disfrazando el discurso de odio antijudío y de deslegitimización del Estado de Israel como lucha contra la injusticia.
- Convertir las teorías conspirativas tradicionales sobre el control, la riqueza y la influencia judías en críticas al neoliberalismo, a las “élites globales ocultas” o las “estructuras de poder”. Esto les permite expresar prejuicios antisemitas clásicos mientras sienten que luchan contra el capitalismo o la corrupción sistémica.
- Inversión del estatus moral, por ejemplo, aplicando selectivamente la empatía al calificar de resistencia el ataque de Hamás a Israel el 7/10 y negando o ignorando el sufrimiento causado a sus víctimas, presentando así la oposición al sionismo como una defensa de los débiles.
- Distorsionar eventos históricos para deslegitimar la identidad judía y al Estado de Israel, por ejemplo, negando el Holocausto, o tergiversándolo al acusar de nazis a judíos y a Israel, y con ello transformarlos simbólicamente de víctimas en opresores. O, negando el vínculo ancestral de los judíos con la tierra de Israel a pesar de pruebas irrefutables.
Este nuevo lenguaje permite reintroducir viejos patrones antisemitas en formas moralmente aceptables para ambientes educados.
Otros elementos de mucho peso en el incremento del antisemitismo han sido:
- Con los últimos sobrevivientes la memoria del Holocausto se va esfumando. La gran mayoría de los jóvenes, a diferencia de generaciones anteriores, desconocen lo sucedido a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, no perciben el antisemitismo como paradigma absoluto del mal moderno y ven a Israel no como refugio ante la larga historia de persecuciones, expulsiones y masacres y como su derecho natural a la autodeterminación, sino como potencia militar regional.
- La polarización ideológica entre extrema izquierda y extrema derecha, con sus expresiones antisemitas, terminan amplificándose mutuamente en redes sociales y multiplicándose gracias a los algoritmos, que favorecen contenidos emocionales, conspirativos y moralmente extremos.[5]
- Ansiedad, incertidumbre y pérdida de sentido que hoy se vive en general a nivel mundial, aunadas al impacto emocional del conflicto palestino-israelí, favorecen la formulación de narrativas que personalizan fuerzas abstractas. Históricamente, los judíos han funcionado simbólicamente como representación de una fuerza oculta o excesiva. Hoy sucede de nuevo.
No extraña la exisencia de antisemitismo hoy, pues ha sido un fenómeno recurrente en la historia, sino que haya reaparecido con legitimidad parcial dentro de sectores altamente educados que antes se consideraban inmunes a él.
¿Qué hacer?
Las estrategias que funcionaban hace unos cuantos años ya no bastan. Recordar el Holocausto o enseñar a vivir con aceptación y respeto hacia grupos diferentes al propio, aunque sigue siendo importante, ya no alcanza para enfrentar las formas contemporáneas del antisemitismo, que no se percibe como odio sino como activismo moral, anticolonialismo, defensa de derechos humanos, o lucha contra privilegios. Comprender esta dinámica requiere analizar cómo los marcos ideológicos y las quejas sociales pueden transformar prejuicios antiguos en causas modernas de justicia social, permitiendo que el odio se disfrace de lucidez moral.
Con la idea de romper el esquema binario en que se ha situado a los judíos y a Israel, y prevenir y combatir el antisemitismo, es imperativo agregar en el currículo del sistema de educación media y media superior y con nuevas estrategias educativas:
- La complejidad histórica judía.
- La diversidad al interior del pueblo judío.
- La historia de expulsiones del mundo árabe.
- El vínculo histórico milenario con la tierra de Israel.
- La pluralidad política interna judía e israelí.
Así mismo, enseñar antisemitismo no como un prejuicio más, que lo es, sino como un fenómeno con caracerísticas particularculares únicas -enfantizando el contemporáneo-, aprendiendo a identificar:
- Dobles estándares.
- Demonización colectiva.
- Negación del derecho a la autodeterminación judía.
- Responsabilización colectiva de los judíos por acciones de Israel.
El antisemitismo contemporáneo no se puede combatir con información real ya que muchas veces no surge de la ignorancia sino de identidad grupal, de necesidad de pertenencia, indignación moral, ansiedad social o económica, o de ciertos marcos ideológicos. Es por ello que sería necesario reconstruir normas institucionales claras en las universidades, donde después del 7/10 se perdieron marcos comunes de discusión civilizada de fundamental importancia para lograr estos objetivos:
- Protección explícita a estudiantes judíos.
- Defensa consistente del pluralismo.
- Rechazo de ideologías totalizantes.
- Diferenciación entre crítica política y hostilidad étnica.
- Recuperación de espacios reales de debate.
- Reconstrucción de una cultura universitaria liberal universalista con tolerancia a la complejidad.
- Fortalecimiento del pensamiento crítico y de mecanismos de autocrítica y corrección.
- Incentivación del contacto humano real con compañeros y profesores de distintas denominaciones religiosas, étnicas y culturales.
- Desarrollo de la capacidad de sostener desacuerdos sin deshumanización.
Otro eje crucial es el trabajo sobre redes sociales y algoritmos. El nuevo antisemitismo no puede entenderse sin TikTok, X, Instagram o YouTube; gran parte de la radicalización ocurre emocionalmente, mediante videos cortos, imágenes simplificadas y narrativas morales instantáneas, por lo que se debe impulsar:
- Mayor transparencia algorítmica.
- Reducción de la amplificación de contenido conspirativo.
- Respuesta rápida a campañas de odio coordinadas.
- Educación en pensamiento crítico digital.
Algo que ha mostrado resultados positivos son las intervenciones basadas en “narrativas de perspectiva”, es decir, hacer que personas escuchen historias de miembros de grupos discriminados. Estas han mostrado reducciones duraderas en prejuicios.[6]
Trabajar en estos temas no hará desaparecer el antisemitismo, quizá en una generación se vean resultados positivos, dependiendo de la voluntad de las sociedades e instituciones, que son quienes logran contenerlo o fracasar en ello. El resultado depende menos del nivel educativo formal que de la fortaleza moral, institucional y cultural de una sociedad.
[1] “Nuevo antisemitismo”, Tribuna Israelita, https://tribuna.org.mx/nuevo-antisemitismo-en-europa/
[2] Nyhan, Yamaya y Zeitzoff, “How the relationship between education and antisemitism varies between countries”, Sage Journals, 17 de junio de 2024, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/20531680241262645
[3]“Attitudes toward jews and Israel on California campuses: Results from a new survey”, Anti-Defamation League, 7 de noviembre de 2024,
[4] Jaspal, Rusi, “The social psychology of contemporary antisemitism”, Israel Affairs, 16 de enero de 2023 https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/13537121.2023.2166203#abstract
[5] Homa Hosseinmardi, Amir Ghasemian, Aaron Clauset, Markus Mobius, David M. Rothschild, Duncan J. Watts, “Examining the consumption of radical content on YouTube”, 14 de febrero de 2022, ArXiv, Cornell University, https://arxiv.org/abs/2011.12843
[6] “Intervention in counter antisemitism”, Anti-Defamation League, Vol 1, 16 de julio de 2024, https://www.adl.org/resources/report/interventions-counter-antisemitism-vol-1











