Los fundamentos del antisemitismo árabe se sitúan en el siglo VII e.c. cuando Mahoma -según cuenta el Corán- tuvo un encuentro con Dios y dio origen al Islam. La primera comunidad musulmana se estableció en Medina, donde existía una considerable población judía. A través del constante contacto, Mahoma recibió influencia del judaísmo; por ejemplo, los árabes rezaban en dirección a Jerusalem, que es la ciudad sagrada para los judíos, celebraban el ayuno de Yom Kipur y observaban las restricciones dietéticas judías, además de practicar la circuncisión. Mahoma se veía a sí mismo como un Moisés y adoptó la idea monoteista de los judíos. Al considerarse como el más grande profeta pensó que los judíos reconocerían su persona y se convertirían al Islam. Cuando los judíos rechazaron sus ideas decidió luchar contra ellos y nunca los perdonó. Jerusalem fue substituida por la Meca como centro espiritual y en el Corán plasmó su violenta reacción contra el pueblo judío. “La religión, ante Dios, consiste en el Islam. Aquellos a los que se les dio el Libro anteriormente han discrepado por soberbia a pesar de haberles llegado la revelación. Quien no cree en Alá será castigado (3/19).” “¡Oh, los que creéis! No toméis a los judíos y cristianos como amigos: los unos son amigos de los otros. Quien de entre vosotros los tome por amigos será uno de ellos. Dios no conduce a la gente injusta (5/51).”
El Corán fue considerado la palabra de Dios y se utilizó como base del antisemitismo árabe ya que el mensaje de Mahoma representaba la culminación de los profetas anteriores. De aquí surgió un sentimiento de superioridad con respecto a las otras religiones. Los musulmanes consideraban que los judíos eran ciudadanos de segunda clase, tolerados o dhimmis a quienes se les aplicó impuestos especiales y restricciones de otro tipo. A pesar de que los musulmanes consideraban a los judíos seres inferiores, tenían la libertad de practicar su culto. Como los judíos no representaban un desafío para la supremacía árabe, no fueron torturados ni expulsados, pero exceptuando la época de la España mora, vivieron denigrados.
Las ideas antisemitas que durante siglos se engendraron en Europa fueron transferidas a los árabes a raíz de las conquistas en la zona logrando que la actitud negativa hacia los judíos se convirtiera en una intensa hostilidad.
A partir de los años 20 del Siglo XX llegó desde Europa al mundo árabe el panfleto difamatorio Los Protocolos de los Sabios de Sión, y se inicia su traducción al árabe en 1951. Este texto reforzó el rechazo a los judíos y posteriormente al Estado de Israel llevando a la creencia en la existencia de una poderosa conspiración judía y de países occidentales imperialistas y colonialistas contra el Islam y el mundo árabe.
En esos tiempos el mundo musulmán se rebeló ante el colonialismo europeo y se crearon los Estados árabes. Algunos de sus líderes colaboraron y mantuvieron estrechos lazos con los nazis, tal es el caso de Haj Amín el Husseini, Mufti de Jerusalem, quien se alió con Hitler y ayudó a asesinar a muchos judíos en Israel. La simpatía hacia los nazis continuó aún después de terminada la Segunda Guerra Mundial. En 1956, por ejemplo, el periódico “Al Mahar” de Damasco afirmaba: “No debemos olvidar que en contraste con Europa, Hitler ocupó un lugar de honor en el mundo árabe”. Por otra parte, muchos países del Medio Oriente como Siria y Egipto, sirvieron de refugio a líderes nazis que escaparon de Alemania al finalizar la guerra. Gamal A. Nasser reclutó a varios de ellos para colaborar con él y juntos elaboraron una fuerte campaña antisionista que fue propagada a gran parte del mundo.
La fundación del Estado de Israel en 1948, fue considerado por el mundo árabe- musulmán una ocupación de territorio islámico, una afrenta religiosa que no debía permitirse, negándose rotundamente a reconocerlo, y así se ha hecho saber, con dichos y hechos, hasta el día de hoy. Cientos de miles de judíos radicados en los países árabes fueron expulsados en ese momento. Actualmente, las comunidades judías en la mayoría de los Estados árabes han virtualmente desaparecido y los pocos que quedan son reprimidos, sufren todo tipo de vejaciones y fungen como rehenes políticos.
La convergencia del antisemitismo y el antisionismo árabe-musulmán inicia en la década de los 30 con la articulación del antisemitismo cristiano importado de Europa, los sentimientos de superioridad árabe, el auge de los Hermanos musulmanes en Egipto a partir de 1928, la alianza de facto con el nazismo del líder del nacionalismo árabe palestino, Amin el Husseini, y el odio al joven país judío.
Con el tiempo, Israel fue siendo considerado el mal absoluto, como lo han sido los judíos durante 2000 años, responsabilizados de todos los males del mundo, con nuevas acusaciones agregadas, como el ser un Estado nazi, racista, colonialista, apartheid, criminal, genocida. Así, los judíos e Israel son ya vistos como la raíz venenosa y mortal de una conspiración para la dominación del mundo. Esto se ha hecho evidente a través de la difusión de literatura antisemita-antisionista y de los constantes ataques terroristas a diversos objetivos en Israel y contra judíos en todo el mundo.
A partir de la humillación por la gran derrota de los países árabes en su ataque simultáneo a Israel en 1967 y la pérdida de Jerusalem oriental, el antisionismo y la demonización de los judíos y del Estado de Israel cobró mayor ímpetu rescatando y ajustando al momento las acusaciones y libelos acumulados por siglos e inventando nuevos. Para esto, fue determinante el rol adoptado por la Unión Soviética, quien por intereses geopolíticos e ideológicos decidió aumentar su influencia en la región y debilitar a Israel, considerado por ella un aliado de Estados Unidos. Utilizó todo su arsenal de contenidos antisemitas para difundirlos en los territorios árabes, los países del bloque soviético y los movimientos de liberación nacional en todo el mundo; en ellos presentó a Israel como un agente occidental agresor, opresor, colonialista y racista y al sionismo como un imperio satánico invisible que controlaba el mundo financiero e industrial y los medios de comunicación occidentales.
En 1979, la revolución islámica chiita de Jomeini en Irán echó más leña al fuego del antisemitismo teológico político acusando a los judíos de ser ritualmente impuros y antiguos enemigos del Islam, que, en alianza con los Estados Unidos, el gran Satán, conspiraban para destruir Irán. En esta conspiración Israel era el pequeño Satán, con todos los aributos perversos creados por el milenario antisemitismo. Esta cosmovisión es intrínseca a los grupos chiita Hezbolá y suníta Hamás, con ideología abiertamente genocida hacia los judíos y hacia la destrucción del Estado de Israel.
Para consumo interno y exportación, la negación de cualquier vínculo histórico entre los judíos y la tierra de Israel ha sido ampliamente difundida a través de todos los medios de comunicación de esa época y los omnipresentes actuales, despojándoles de su historia e identidad. Tanto en países árabes como en Occidente, la negación del Holocausto y, paradójicamente, su inversión (los israelíes son “nazis”, los palestinos son “judíos”) son parte importante de esta narrativa. Como la inexistencia del Holocausto despoja al Estado de Israel de sus fundamentos morales, se califica el hecho histórico como un mito, una diabólica invención sionista con fines financieros y políticos. Aunque por otro lado, de manera incongruente, se glorifique a Hitler y al mismo tiempo se le reproche por no haber terminado su tarea al asesinar solamente a 6 millones de judíos.
Con el control de Gaza por el grupo Hamás en 2006, la lucha, de índole religiosa más que territorial, ha sido abiertamente por la destrucción del Estado de Israel como mandato de Alá, a pesar de la cita del Corán 7:137 en que Mahoma afirma que esa tierra fue prometida por Alá a los hijos de Israel. El ataque sistemático de cohetes contra Israel durante casi veinte años y la masacre de tinte genocida del 7 de octubre de 2023 lo confirma.
Las consecuencias del “nuevo antisemitismo”, en el que convergen el antisemitismo y el antisionismo y donde no existe distinción entre israelíes y judíos, se ha hecho evidente alrededor del mundo en los medios de comunicación, las múltiples manifestaciones -pacíficas y violentas-, la deslegitimación del Estado de Israel y el llamado a su desaparición, su demonización en los organismos internacionales, los ataques a instituciones y a individuos judíos, las campañas BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones a académicos, artistas, empresas, etc, en alguna relación con Israel), todo ello de manera contínua, y con mayor fervor durante la Segunda Intifada entre 2000 y 2004, la Segunda Guerra del Líbano, el conflicto en Gaza en 2006 y de manera apabullante desde el 7 de octubre de 2023.