A Viniesky todos lo conocían. No porque tuviera un gran negocio, ni porque cantara bonito en las fiestas:
—Yo vine a México a trabajar. El nuevo maestro de Idish que habría de llenar las aulas del Colegio Israelita de Monterrey.
Pero… Si uno lo buscaba entre semana, era probable encontrarlo en la banca del parque, leyendo el periódico al revés, tomando café con pan dulce y discutiendo política internacional con quien se dejara. Si alguien le ofrecía trabajo, respondía con una sonrisa:
—¿Para qué, si estoy aquei tan ocupado?
Pero la comunidad era pequeña y la historia no le dio opción.
Era 1935. Había ya un grupo de niños correteando entre las bancas del Club Israelita, mezclando el ídish con el español norteño, y preguntando cosas como:
—¿Por qué hay letras que parecen hormigas?
—¿Por qué en hebreo se escribe al revés?
—¿Y por qué el Rosh Hashaná no cae nunca en domingo?
Las mamás estaban preocupadas: sus hijos sabían distinguir un chile piquín de un jalapeño, pero no sabían leer el aleph bet.
Entonces se planteó lo impensable: fundar una escuela. Una de verdad. Con pizarrón, pupitres y maestro. Pero como sucede con todo proyecto comunitario, antes de empezar a construir había que formar un comité… y encontrar a alguien que tuviera tiempo.
Y ahí estaba Viniesky;
—¿Y tú qué opinas, Viniesky? —le preguntaron en una de esas reuniones en el club.
—Yo opino que la educación es muy importante…
—Perfecto, entonces estás dentro —le dijeron, sin darle chance de levantarse de la silla.
Y así, sin querer, Viniesky acabó siendo parte del primer comité escolar.
No se sabe bien qué cargo tenía. Algunos dicen que era secretario, otros que solo iba a probar el café. Pero ahí estaba, opinando sobre horarios, votando sobre si las clases debían ser mixtas y preguntando cosas como:
—¿Y si mejor enseñamos solo los fines de semana?
Por supuesto, no todo fue tan sencillo. El colegio empezó en una casa prestada, con bancos de distintos tamaños y libros traídos de Nueva York en maletas que olían a pescado ahumado. La maestra de hebreo también hacía de portera y de consejera emocional. Pero poco a poco, con ayuda de todos —hasta de Viniesky, aunque fuera con su pura presencia—, la escuelita se convirtió en institución.
Años después, cuando ya había edificio propio, clases formales y hasta campanita para el recreo, alguien le preguntó a Viniesky:
—¿Y tú qué opinas de todo lo que se logró?
Él miró el edificio, suspiró y dijo:
—Mucho trabajo… pero valió la pena.
Y siguió caminando rumbo al parque, como si nada.
* La Comunidad Judía de Monterrey invita cordialmente a conmemorar un siglo de presencia, legado y unión.
A todos aquellos que han formado parte de nuestra comunidad, que han vivido en Monterrey y que, de una u otra manera, siguen siendo parte de esta historia, les pedimos que nos ayuden a enriquecer este festejo.
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