LA COMUNIDAD ISRAELITA DE MONTERREY Ana Portnoy de Berner

   La evidencia más remota de la presencia judía en México data del siglo XVI, a través de los procesos que el Santo Oficio llevó a cabo en contra de individuos acusados de llevar a cabo prácticas de la proscrita religión de Moisés. Éstos eran criptojudíos, descendientes de judíos que habían sido forzados al bautismo ya fuera para salvar sus vidas o para permanecer en España ante la intolerancia y persecución religiosa del siglo XV y que habían llegado al Nuevo Mundo con la intención de conservar secretamente su fe judaica lejos de la Inquisición española. Sin embargo, como cristianos bautizados, por sus prácticas judaicas, su persistencia en conservar ritos y creencias y su rechazo a la nueva fe fueron considerados herejes y contra ellos se estableció en México el Tribunal del Santo Oficio en 1526 y la Inquisición en 1571.

   El primer criptojudío ajusticiado por el Santo Oficio en el quemadero de Santiago de Tlaltelolco en 1528 fue el conquistador Hernando Alonso, quien formaba parte de la expedición punitiva dirigida por Pánfilo de Narváez. Alonso se incorporó al ejército de Hernán Cortés y participó en el sitio de Tenochtitlan en 1521.
   Uno de los procesos inquisitoriales más difundidos y estudiados ha sido el de la familia del conquistador y primer gobernador del Nuevo Reino de León, Luis de Carvajal y de la Cueva. Hijo de conversos, en 1580 trajo consigo a la familia de su hermana Francisca para colonizar el inmenso territorio que le concedió la cédula real otorgada por el rey Felipe II sin saber que judaizaban secretamente, lo que sería su perdición. Su sobrino, homónimo y heredero, Luis de Carvajal “el Mozo” –el joven-, una vez en América, se entregó por completo a la religión judía procurando cumplir con los ritos y preceptos que le fueron revelados ya en el Nuevo Mundo. En 1588 la familia completa fue denunciada y dos años después procesada por la Inquisición y si bien al gobernador no se le pudo demostrar que judaizara, se le condenó a prisión y exilio por no haber denunciado a sus familiares. Murió un año después aún encarcelado.
   Luis “el Mozo”, su madre y sus hermanas abjuraron del judaísmo y recibieron penitencias físicas y espirituales. Sin embargo, prosiguieron con sus prácticas judías secretas y fueron nuevamente aprehendidos y, por su reincidencia, condenados a morir, siendo ejecutados en el auto de fe que se llevó a cabo en la ciudad de México el 8 de diciembre de 1596. La única hermana sobreviviente, Ana, también murió en las llamas 54 años después.
   Por la intolerancia y persecución, la falta de liderazgo religioso, de textos, además del estigma que recaía en los familiares de los procesados y que los marginaba de la vida social por generaciones, en el siglo XVIII el criptojudaismo había prácticamente desaparecido en la Nueva España pues los descendientes de los conversos se asimilaron a la sociedad mayoritaria quedando de ellos los registros de los procesos inquisitoriales y algunas costumbres en el noreste de México y el sur de los Estados Unidos, conservando algunas familias la memoria de su origen y su identidad distintiva. En Monterrey, se considera rasgo distintivo de la historia y de la identidad regional el pasado criptojudío.
   Durante el siglo XIX y tras la guerra de Independencia, los diversos gobiernos nacionales intentaron atraer inmigrantes extranjeros, especialmente europeos, para colonizar y poblar al país, política promovida también por el resto de los países americanos y sustentada por las diversas teorías tanto sociales como económicas de la época. Sin embargo, únicamente llegaron al país inmigrantes temporales debido a la inestabilidad política, a los conflictos bélicos con potencias extranjeras y a la exclusividad de la religión católica. Esta situación cambió con el porfirismo que con una política de puertas abiertas a la inmigración, también europea y norteamericana, pretendió atraer inversionistas y colonos que permitieran el progreso económico del país.
   En Monterrey, atraídos por la incipiente industria y las oportunidades comerciales provocadas por la guerra civil de Estados Unidos, hubo a partir de la década de 1860 algunos españoles, árabes, alemanes y norteamericanos, contados chinos e italianos. De éstos, cuatro o cinco fueron judíos que vivieron temporalmente en la ciudad. Gustavo Levy, originario de Alemania, fue el primer judío que se estableció definitivamente en la capital de Nuevo León en 1890.
   Durante la Revolución Mexicana, al tiempo que el grueso de los extranjeros radicados en México abandonaban el país, llegaron a Monterrey dos de los fundadores de la comunidad judía regiomontana. Jacobo Lederbaum-MIller y David Zafiro, quienes ya se habían establecido permanentemente en la ciudad antes de 1920, acogieron al grueso de los inmigrantes judíos que empezaron a arribar a la ciudad desde inicios de esa década.
   Un factor a considerar para el aumento de la inmigración extranjera a México y al resto del Hemisferio Occidental después de 1921 fue el sistema de aceptación de inmigrantes de acuerdo a porcentajes de cuotas nacionales establecido por el gobierno estadounidense que restringió la entrada a Estados Unidos de cientos de miles de europeos y de individuos del Cercano Oriente que anhelaban establecerse en ese país huyendo de Europa y de las provincias que habían formado el imperio otomano y que se enfrentaban a deterioradas condiciones de vida resultantes de la Primera Guerra Mundial, de la Revolución rusa, del nacionalismo, de las crisis políticas y de la depresión económica.
   Miles de estos individuos llegaron a México, que mantenía una política de puertas abiertas, estableciéndose a lo largo y ancho del país, con la premisa que después de cinco años de residencia podrían volver a solicitar la visa para entrar a los Estados Unidos. Así, en la década de los años 1920 llegaron a Monterrey, el pujante centro urbano e industrial más cercana a la frontera, varios cientos de extranjeros y, entre éstos, algunas decenas de judíos que fueron los pioneros que sentaron las bases de la actual comunidad judía en la ciudad.
   Al igual que los inmigrantes judíos que llegaron a otras ciudades del país en esos años y también como otros inmigrantes establecidos en Monterrey -alemanes y árabes- que procuraron establecer instituciones propias para mantener los vínculos entre compatriotas y correligionarios, los inmigrantes judíos en la ciudad se abocaron a establecer una vida comunitaria estructurada.
   En 1925, tras obtener la autorización de la presidencia municipal, el Club Social Hatikva –Esperanza en hebreo- abrió sus puertas, centralizando la vida judía regiomontana. Con la colaboración de los mismos socios, se ofrecieron clases de español a los recién llegados, se organizaron actividades culturales y recreativas y se impartieron programas de educación judía vespertina para los niños, esfuerzo que paulatinamente condujo al establecimiento del colegio diurno Hatikva. Esta institucionalización comunitaria atrajo a varias familias judías que se habían establecido originalmente en otras localidades del noreste del país – como en Monclova, Piedras Negras, Saltillo, Villa Acuña, Nuevo Laredo, Torreón, Villa Frontera, Nueva Rosita, Matamoros, Reynosa, Tampico y Linares -.
   En 1932, de los 5,000 extranjeros mayores de 15 años que vivían en Monterrey, 250 eran judíos que habían arribado de Rusia, Lituania y Polonia. La última oleada migratoria judía a Monterrey procedió de Alemania y estuvo conformada por menos de 20 inmigrantes que llegaron en los años 1930, la mayoría de ellos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra se establecieron en la ciudad de tres a cuatro sobrevivientes del Holocausto que llegaron al país a reunirse con sus familiares que habían llegado con anterioridad.
   El arribo del rabino Moisés Kaiman en 1944 y quien asumió todas las funciones religiosas y ha sido el dirigente espiritual de la comunidad hasta la fecha; la mejora en las condiciones económicas de los miembros de la comunidad de buhonería a negocios propios, que les permitió la adquisición de viviendas propias en la recién urbanizada colonia Vista Hermosa en el poniente de la ciudad así como la construcción del centro comunitario dieron una nueva vitalidad y fisonomía a la vida comunitaria a principio de los años 1950 y las instituciones que la conforman han persistido hasta la fecha.
   El Centro Israelita de Monterrey, A.C. está conformado por 120 familias –alrededor de 500 personas- que en su mayoría siguen viviendo en la colonia Vista Hermosa o en la colindante colonia Cumbres. Las instalaciones del “Club” albergan a la sinagoga de orientación ortodoxa-ashkenazita contando con el liderazgo del Gran Rabino Moisés Kaiman, del rabino Zalman Libersohn y del rabino Israel Diament.
   También se ubica en el edificio comunitario el Nuevo Colegio Israelita de Monterrey, incorporado a la Secretaría de Educación Pública, que acoge al 100% de los niños de la comunidad y abarca los grados escolares de maternal a tercer año de secundaria. El colegio está también incorporado a la Organización del Bachillerato Internacional y su modelo educativo incluye la enseñanza del hebreo y del inglés. Mantiene vínculos con de la red de escuelas de la Comunidad Ashkenazí de la Cudad de México y cuenta con maestros de hebreo que vienen a Monterrey procedentes de Israel en programas temporales. Los alumnos egresados de la secundaria ingresan en su mayoría a alguna de las preparatorias que el ITESM tiene en la ciudad.
   Las instalaciones comunitarias incluyen áreas para actividades deportivas, sociales y recreativas así como las oficinas administrativas. En calles aledañas se encuentran la carnicería que provee con productos kosher –es decir, que cumplen con los lineamientos de higiene y pureza conforme los preceptos bíblicos– y las instalaciones del baño ritual –mikvah-. En la cercana colonia San Jorge se ubica el Cementerio Israelita.
   La vida comunitaria cuenta con una organización juvenil que enfatiza en la educación judía no formal y con seis grupos filiales de la organización femenina WIZO, que colaboran con instituciones públicas y privadas en labores altruistas tanto a nivel municipal como estatal. La comunidad también mantiene nexos con instituciones judías de la ciudad de México y de las otras ciudades de provincia en donde hay una vida judía organizada y, desde que se organizó como órgano representativo de la comunidad judía en el país, pertenece al Comité Central Israelita.
   La comunidad judía en Monterrey se ha caracterizado por su cohesión interna, por las redes familiares derivadas de los vínculos de parentesco entre los descendientes de los primeros inmigrantes, por la orientación a vivir en el mismo barrio de la ciudad y por la solidaridad tanto interna como hacia el medio regiomontano.
   Como los demás descendientes de inmigrantes que se establecieron en Monterrey en las primeras décadas del siglo XX, los judíos de Monterrey son orgullosamente regiomontanos, integrados plenamente a la vida cultural, económica y social de la ciudad, al tiempo que la comunidad mantiene un patente compromiso con la preservación y transmisión de su identidad judía.

Fecha de Impresión: Julio, 2007