Y no andarás chismeando entre tu pueblo

Reconociendo en mí lo que no me gusta de ti
Autor: Eddie Vogel

          La boda de ayer estuvo fatal. La cena incomible y no hubo ambiente en la pista. Además, no entiendo cómo la suegra se atrevió a ponerse un vestido así para casar a su hijo.
          Ya sabes que no me gusta hablar mal de nadie, pero los hijos de tu amiga son muy mal portados y groseros, eh. Ni siquiera saludan. Seguro es porque ella nunca está en su casa.
          Oye, no por chismos@ ni nada, pero me encontré a tu cuñada en el súper ayer y se veía fatal. ¿Qué le pasó?

   Sounds familiar? Apostaría buen dinero a que sí. ¿Cuántas veces no hemos escuchado, y dicho, algo similar? La verdad, nos encanta el chisme. A todos. En las comidas y en los cafés; en las tandas y en el gimnasio; en WhatsApp ni se diga; hasta en el templo en Kipur, caray. Aceptémoslo, sin pena ni tema. En beneficio de las mujeres lectoras, confieso – so pena de traicionar a mi género - que los hombres también somos muy chismosos, quizá más que ustedes.
   Hablo en plural, incluyéndome, porque lejos de buscar predicar o dar cátedra, simplemente quiero generar conciencia, compartiendo en este espacio algo que identifico y en donde veo que tenemos una gran oportunidad de crecimiento, como humanos y como Comunidad.
   Vamos por la vida juzgando y criticando al prójimo con una facilidad y una soltura francamente feroz, como si fuéramos la máxima autoridad moral sobre la tierra; incluso a veces con doble moral, despotricando de lo que hacen los demás cuando nosotros también lo hacemos. Ya es inmediato, en automático y sin pensarlo. El chisme, los rumores y “las malas lenguas” son el modus vivendi.
  
La mayoría de los judíos estamos familiarizados con el concepto halájico de lashón hará – conversación difamatoria – pero lo aplicamos a la defensiva y no la ofensiva. Es decir, cuando ya chismeamos hasta el cansancio, o consideramos que ya hablamos demasiado mal de alguien, entonces sí lo usamos de freno y decimos “ya, ya, lashón hará, no hay que hablar así de la gente”. Para entonces, el daño está hecho.
   Y no siempre – o más bien casi nunca – tenemos la película completa de lo que le está pasando al de enfrente. Asumimos demasiado, y el 99% de esas conjeturas terminan siendo solo eso, falsas suposiciones fundamentadas en nuestras propias proyecciones y limitaciones.
   ¿Por qué lo hacemos? Teorías hay muchas, que van desde lo bíblico a lo psicológico, y hasta a lo esotérico. Para mí, cuando juzgamos o criticamos al prójimo, en realidad estamos juzgando o criticando algo en él que no nos atrevemos a juzgar o a criticar en nosotros mismos. Para poderlo reconocer en ti, primero lo tuve que haber visto en mí.
   ¿Por qué recurrimos a ese falso espejismo, a ese deflector? ¿Por qué tenemos las narices tan metidas en la casa del vecino, que no vemos que el techo de la nuestra se está cayendo? Porque ver hacia adentro, desnudarse, “sacar los trapitos al sol”, levantar el tapete y ver el polvo que hay debajo, da miedo, mucho miedo. Además duele. Tener la valentía de aceptar que no somos perfectos y que nuestra familia tampoco lo es, provoca un profundo dolor.
   Aunque la realidad es que nadie es perfecto, ni tiene que serlo. Somos seres perfectamente imperfectos, y como biológicamente somos iguales, es justo esa imperfección la que nos hace diferentes y únicos.
   Además, seamos honestos. En mayor o menor medida - y toda proporción guardada - todos nos enfrentamos a una versión distinta de los mismos dilemas: enfermedades; problemas laborales o económicos; líos, broncas y escándalos familiares; temas de autoestima, auto imagen, inseguridad y complejos; momentos de depresión, irritabilidad o ira; crisis existenciales; etc. Entonces, ¿por qué solo lo aceptamos en nosotros?
   Me gustaría citar al Rav Efraim Sauer, quien lo explica de esta manera: el mandamiento más difícil de cumplir en el judaísmo es: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y la fórmula para hacerlo es dejar pasar los errores y las imperfecciones del otro de la misma manera que dejas pasar los tuyos.
  
No se trata de convertirnos en la inspiración de la letra de una canción al estilo de John Lennon y, de un momento a otro, empezar a querernos todos de forma incondicional (aunque no nos caería mal, y menos en estos tiempos); sino de buscar ver más hacia adentro, menos hacia afuera y ser congruentes. Chismeamos a nuestras anchas, pero cuando nos enteramos de que alguien nos criticó o habló mal de nosotros, nos ofendemos y nos indignamos.
   Desde luego, no somos malas personas. Solo nos gana el chisme y no nos damos cuenta lo corrosivo que puede ser. Cuando hablamos mal de alguien de manera arbitraria, ponemos en juego su integridad moral, desprestigiándol@ y deshonrándol@. Es peligroso y atenta contra nuestro tejido social.
   Hagamos un esfuerzo colectivo para que el deporte comunitario de los domingos en la mañana ya no sea criticar la boda de la noche anterior. Antes de juzgar a un familiar o un amigo por estar irritable, hostil o de mal humor, mejor preguntémosle qué le pasa y cómo lo podemos ayudar. Nuestro pueblo ya tiene suficiente defendiéndose a diario contra difamaciones externas, entonces no nos leamos las manos entre gitanos.
   En ese ánimo, l@s invito a que juntos hagamos un ejercicio de conciencia: cada vez que estemos a punto de juzgar, criticar o chismear de alguien, cachémonos en el acto, pongamos pausa un momento y preguntémonos de manera muy honesta ¿qué veo de mí ahí y por qué me hace ruido?, ¿cómo lo puedo cambiar? Les aseguro que lo que encontraremos será una mina de oro de insights para nuestro crecimiento personal.
   No será una tarea fácil, porque cambiar un hábito toma tiempo, práctica y determinación. Sin embargo, vale la pena intentarlo. Cada quien tiene el derecho de decidir por sí mism@ si el chisme, el juicio y la crítica le aportan o le restan a su vida. Por mi parte, yo creo que es como el cigarro, no le encuentro un solo argumento a favor (y miren que fui un fumador empedernido).
   Es hora de cambiar. La crisis que estamos viviendo nos lo demanda. Es el momento perfecto para volvernos más empáticos, tolerantes y compasivos los unos con los otros. Y no es una plaga de los tiempos modernos. Hace más de 3,000 años que nos lo piden y no lo hemos logrado. La Biblia lo dice, con todas sus letras: no andarás chismeando entre tu pueblo (Levítico, capítulo 19, versículo 16).
   Dudas, preguntas, comentarios, sugerencias y hasta reclamaciones son muy bienvenidas. Escríbanme a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. ¡Me encantará escucharl@s!