El exilio de habla alemana y la recepción del Holocausto en México: el caso de "Tribuna Israelita" (1944-1947) 1. Dr. Andrea Acle-Kreysing *

The German-language exile and the reception of the Holocaust in Mexico: The case of “Tribuna Israelita” (1944-1947) Dr. Andrea Acle-Kreysing

Artículo publicado originalmente en Verbum et Lingua, Número 12, Año: 6. Julio -Diciembre, 2018:
http://www.verbumetlingua.cucsh.udg.mx/sites/default/files/6%20El%20exilio%20del%20habla%20alemana%20y%20recepci%C3%B3n%20del%20Holocausto%20en%20M%C3%A9xico.pdf

RESUMEN: Este artículo explora el papel desempeñado por “Alemania Libre” (Bewegung Freies Deutschland), la organización pro-comunista más significativa del exilio de habla alemana en México durante la Segunda Guerra Mundial, sobre crear conciencia acerca de los crímenes cometidos por el nazismo alemán en contra del pueblo judío. El presente texto se centra en la colaboración entre este exilio y la comunidad judía de México, la cual fructificó en la publicación, en diciembre de 1944, del primer número de Tribuna Israelita.

Esta revista mensual tuvo un carácter excepcional, siendo capaz de dar voz a una variedad de agendas, la de los partidarios de la Unión Soviética, así como la de aquellos comprometidos con la creación de un estado judío en Palestina, siendo una expresión de los esfuerzos de la comunidad judía local por enraizarse en México. En particular, para el período entre 1944 y 1947, años en que la dirección editorial de la Tribuna Israelita estuvo en manos de exiliados de habla alemana, se destaca cómo los debates en torno al Holocausto dieron lugar a reflexiones más amplias sobre el antisemitismo y el racismo, no sólo en Europa sino también en México.
PALABRAS CLAVE: Exilio de habla alemana en México, comunidad judía en México, Holocausto, Segunda Guerra Mundial, racismo.

ABSTRACT: This article explores the contribution of “Alemania Libre” (Bewegung Freies Deutschland), the most significant organisation of the German communist exile in Mexico during the Second World War, in creating awareness of the crimes committed by Nazism against the Jewish people. It focuses upon the collaboration between German speaking exiles and the Mexican Jewish community, which crystallised in the publication of the first number of “Tribuna Israelita” in December 1944. This monthly journal achieved an exceptional feat, insofar it gave voice to a variety of agendas: in favour of the Soviet Union, but also in support of the creation of the State of Israel in Palestine, while expressing the local Jewish community’s desire of belonging to Mexico. Special attention is given to how the discussion of the Holocaust between 1944 and 1947, the period in which the editorial line of Tribuna Israelita were in the hands of German speaking exiles, gave way to deeper reflections upon anti-Semitism and racism, not only in Europe but also in Mexico.
KEYWORDS: German speaking exile in Mexico, Mexican Jewish community, Holocaust, Second World War, racism.

Introducción

Al momento de reflexionar sobre cuál fue el impacto que tuvo el Holocausto en México, en cuanto tragedia humana inconmensurable, más allá de la muerte y la de- vastación de por sí aparejadas a la Segunda Guerra Mundial, resulta especialmente interesante analizar cuál fue la posición al respecto del exilio de habla alemana en México. Este exilio, compuesto por un centenar de personas, entre las cuales se destacaban varias celebridades del mundo literario, político y periodístico, de claras simpatías comunistas, llegó a México como beneficiario indirecto de la política de apertura a refugiados políticos enarbolada por el presidente Lázaro Cárdenas (1934- 1940), quien había permitido el ingreso al país no sólo del célebre opositor de Stalin, Leo Trotsky, sino también de alrededor de 20,000 republicanos españoles tras el fin de la Guerra Civil Española (1936-1939). La estancia de los exiliados de habla ale- mana en México coincidió con el sexenio del presidente Manuel Ávila Camacho (1940-1946) quien, si bien estaba lejos de compartir su filiación comunista, sí cooperó con ellos en cuanto célebres opositores al fascismo para dar lustre a su política internacional, especialmente una vez que México se involucró en la Segunda Guerra Mundial, tras la declaración de guerra a las potencias del Eje en mayo de 1942. Así, luego de Moscú, la Ciudad de México se convirtió en el centro de actividades más importante del exilio comunista de habla alemana durante la década de 1940, particularmente con la creación “Alemania Libre” (Bewegung Freies Deutschland), organización activa entre 1941 y 1946 (Zogbaum, 2005: 1-2).

Desde la Ciudad de México, la organización “Alemania Libre” lanzó una campaña internacional de denuncia respecto de los crímenes cometidos en contra de los judíos y apoyó abiertamente la creación de un Estado judío en Israel, con una vehemencia y compromiso excepcionales si se le compara con el exilio de habla alemana en otras partes del mundo, aun prescindiendo de los inevitables conflictos ideológicos en su seno (Graf, 2011: 242-243). La revista homónima de la organización, Freies Deutschland, fue la plataforma donde los miembros de “Alemania Libre” desarrollaron sus puntos de vista sobre el Holocausto, moldeados no solo por el peso moral que tenían las noticias sobre las matanzas de judíos, cada vez más abundantes, lo cual obligaba a una toma de posición coherente con los valores humanistas de la “verdadera” Alemania que los exiliados decían re- presentar, sino también por las políticas del propio partido comunista. Sus actividades en México, en cuanto dependían del apoyo de actores y audiencias locales, dieron lugar a un acercamiento con la comunidad judía local. Esto fue facilitado por la circunstancia de que varias de las lumbreras del exilio alemán fueron, además de comunistas, judíos: la escritora alemana Anna Seghers (1900-1983), el periodista checo que re- novó el género del reportaje Egon Erwin Kisch (1918-1948), el escritor y activista político austriaco Leo Katz (1892-1954), el periodista checo especialista en propagan- da Otto Katz, alias André Simone (1895- 1952), el jurista alemán Leo Zuckermann (1908-1985) y el periodista alemán Rudolf Feistmann (1908-1950).

El acercamiento de “Alemania Libre” con la comunidad judía de México, especialmente la de habla alemana, no estuvo libre de fricciones. Lo que los exiliados pudieran decir sobre el exterminio de los judíos en Europa tenía, para la comunidad judía local, un significado profundo y ur gente, magnificado además por el hecho de que esta vivía un momento de gran fermentación ideológica. Temas como la responsabilidad del pueblo alemán, el rescate de los judíos de Europa y especialmente   el futuro de los judíos en el mundo, eran debatidos con gran intensidad. La cercanía entre “Alemania Libre” y la comunidad ju- día, lejos de ser inmediata, fue lográndose poco a poco y culminó con la publicación, en diciembre de 1944, del primer número de Tribuna Israelita. Esta revista surgió de una coyuntura excepcional, facilitada por la (efímera) política comunista de apoyo a la creación de Israel, en cuanto la Unión Soviética deseaba incrementar su influjo en el Medio Oriente. De hecho, México se convirtió así en el primer país del mundo donde se registró tal colaboración entre comunistas de habla alemana, sionistas de izquierda y comunistas en general (Cimet 1997: 143; Pohle, 1986: 78-79).

La historia de los primeros años de Tribuna Israelita, más allá del carácter excepcional de su surgimiento, ha permanecido en la sombra. Ello está relacionado con lo que se ha establecido prácticamente como artículo de fe en la historiografía sobre los exiliados de habla alemana en México, respecto a que “no tuvieron injerencia en los asuntos internos del país, y sus actividades estuvieron encaminadas a fines más liga- dos con Alemania que con México” (von Mentz, 1984: 49). En realidad, como se verá a lo largo de este artículo, Tribuna Israelita, de perfil pro-soviético y pro-sionista, sirvió a propósitos estrechamente relacionados con el contexto mexicano: además de servir como un foro para propugnar el derecho del pueblo judío a contar con un Estado propio, presionando activamente al gobierno mexicano para tomar una posición a favor, la revista fue un vehículo para abogar por la inclusión de la identidad ju- día a la historia y sociedad mexicanas.
   La elección del período 1944-1947 obedece a dos consideraciones. En primer lugar, porque en este período, la dirección editorial de la revista estuvo a cargo de dos exiliados de habla alemana: André Simone y, tras su regreso a Checoeslovaquia a principios de 1946, Rudolf Feistmann, quien tornó a Alemania en el verano de 1947. En el caso de Simone, los artículos que escribió en Tribuna Israelita, que aparecieron en la portada de la revista como editoriales (sin firma), pugnaron por vincular el apoyo a Israel con los temas tradicionales de la política exterior mexicana, como el compromiso con la autodeterminación de los pueblos. En el caso de Feistmann, su labor en Tribuna Israelita se caracterizó por la voluntad de crear conciencia en México sobre los crímenes del Holocausto, a partir de textos escritos en español. Los esfuerzos de Feistmann, amén de haber recibido una atención mínima en los estudios del exilio en México, muestran cómo las actividades de “Alemania Libre” son inconcebibles sin la interacción con la sociedad receptora y sin el impulso constante hacia la creación de aliados locales. En segundo lugar, este período (1944-1947) resulta revelador por- que permite apreciar una rápida transición del optimismo, desbordado tras el triunfo de los Aliados, a una actitud marcada por la impaciencia e incluso por la desilusión, en cuanto quedó claro que tanto la reivindicación del pueblo judío como el castigo a los culpables tomarían tiempo, habiendo quedado a merced de los vaivenes de la política internacional.

El valor de Tribuna Israelita radica en haber propiciado una reflexión más amplia sobre el racismo, en Europa, pero también en México. En un intento por luchar contra la discriminación y por afirmar el derecho a la diferencia cultural, en muchos artículos de Tribuna Israelita la causa del pueblo judío aparece hermanada con la de los indígenas en México, e incluso con la de los mexica- nos en Estados Unidos. Así, se dio continuidad a un tema que había sido central para quienes combatían al fascismo desde México: la idea de que judíos e indígenas latinoamericanos, supuestas “razas inferiores”, eran víctimas de un mismo racismo. En 1938, la Liga Pro Cultura Alemana, la organización que precedió a “Alemania Libre”, pegó carteles en la Ciudad de México con la leyenda: “Mexicano, ¿sabes que perteneces a una raza de segunda categoría?”, en un intento de desprestigiar al fascismo alemán (Pohle, 1986: 96, 465-467; Acle-Kreysing 2016b: 594; Schuler, 1998: 140-141). Más tarde, el líder obrero Vicente Lombardo Toledano, aliado crucial del exilio comunista de habla alemana, usó el tema de las razas “inferiores” no solo para provocar indignación entre los mexicanos, sino para provocar empatía hacia el pueblo judío, afirmando en 1942 que “si pudiera aplicarse retrospectivamente la doctrina racial del fascismo, [los mexicanos] vinimos al mundo degradados” (Lombardo, 1942: 26; Acle-Kreysing, 2016b: 597). Además, en 1943, fue publicada en México, a iniciativa de “Alemania Libre” y con apoyo del gobierno mexicano, la obra antifascista más relevante de América Latina, El Libro Negro del Terror Nazi en Europa. Testimonios de Artistas y Escritores de 16 Naciones (1943), donde podía leerse cómo, en todos los sitios invadidos por Alemania, se había recurrido a métodos brutales para eliminar al pueblo judío, incluyendo “centros de exterminio en donde se mata a los judíos con venenos, gases o la corriente eléctrica” (Weiss, 1943: 233-234).

Todas estas iniciativas y simpatías chocaron, sin embargo, con la realidad: la política migratoria de México, tradicional- mente restrictiva, no se vio afectada por las noticias que llegaron a México sobre el Holocausto y que sí tuvieron un lugar importante en la prensa mexicana (Gleizer, 2012: 292; von Mentz et al., 1984: 53-54). Los refugiados judíos que llegaron a México – entre 1850 y 2250 personas – recibieron el trato de inmigrantes comunes y corrientes, no obstante lo dramático de su situación, y solamente lograron su entrada al país tras haber probado o tener familiares, o ser inversionistas o terratenientes (Bokser et al., 2016: 275, 289). De ahí la importancia de valorar el surgimiento de Tribuna Israelita como un esfuerzo por anclarse en el momento presente, afirmando los vínculos de la comunidad judía con México, pero también como una apuesta al futuro, al combinar la pertenencia a México con el apoyo a la creación de Israel, logrando hacerse de un espacio propio en el debate público del país.

El surgimiento de Tribuna Israelita: sionismo, la estrategia de múltiples actores

La comunidad judía de México, a principios de los años treinta, estaba compuesta por 10,000 personas que, diez años después, sumaban 18,000 (Bokser et al., 2016: 281-282). Ahí, los sefarditas, judíos hablantes de ladino y descendientes de las comunidades originarias de la Península Ibérica, convivían con una mayoría de ashkenazitas, hablantes de idish, y provenientes tanto de Europa Oriental – Rusia, Polonia y Lituania – como Central, o sea Francia, los antiguos territorios del imperio austro-húngaro y Alemania (Gurvich, 2004: 28-30). Tras una primera etapa caracterizada por la proliferación de todo tipo de asociaciones políticas y culturales, el gran impacto que tanto el ascenso del nazismo como la Segunda Guerra Mundial tuvieron en la comunidad sirvió como incenti vo para la centralización. Así, un Comité Pro Refugiados que había sido fundado en 1938, se reorganizó poco después como Comité Central Israelita de México encargado, entre otras cosas, de negociar con el gobierno mexicano la posible entrada de refugiados judíos al país (Cimet, 1994: 275- 276). Esta meta fue, sin embargo, obstaculizada en parte por los conflictos ideológicos al seno de la comunidad judía, dividida en tres corrientes principales: el bundismo, el comunismo y el sionismo (Bokser et al., 2016: 283; Cimet, 1994: 277). Los conflictos se traducían en luchas sobre cómo y a quién debía rescatarse y – especialmente – sobre dónde se hallaba el futuro de los judíos. Según los bundistas – cuyo nombre proviene del Bund o la Unión General de Obreros Judíos de Polonia, Lituania y Rusia, que surgió en 1897 como un partido judío, secular y socialista – era prioritario lograr que la cultura judía y el idioma idish siguieran siendo parte de Europa, así como rescatar a los judíos europeos mientras fuera posible, en vez de desviar los fondos a la adquisición de tierras en Palestina, o de buscar soluciones al amparo soviético, como el proyecto inicialmente favorecido por los comunistas: Birobidján, un asentamiento judío en Siberia. Por su parte, desde el siglo xix, el sionismo pregonaba el retorno del pueblo judío a la tierra de Israel y ahora, ante los crímenes del nazismo, insistía en que sólo la creación de un hogar nacional judío garantizaría la seguridad de los judíos (Gurvich, 2004: 59).

Arropado en el clima favorable a las ideas de izquierda presente en México entre 1934 y 1946, el acercamiento que se dio en México entre comunistas y sionistas de izquierda fue excepcional (Cimet, 1994: 281-282). Dentro de la propia comunidad judía, el camino fue allanado por organizaciones como Guezbir (Gezelshaft far Birobidzhan o Sociedad a favor de Birobidján) que, fundada en 1934 por comunistas judíos (Boris Rosen, Samuel Maguidin, Leib Rabinovich y Efraín Comarofsky), mantuvo relaciones cordiales con otros grupos de izquierda, antes de que el pacto entre Hitler y Stalin de 1939 le restara credibilidad   y audiencia. En 1942, los comunistas judíos formaron la Liga por la Unión Soviética, la cual se convirtió en Liga del Pueblo Judío (Yiddishe Folks Lige) en 1945, propugnando alianzas antifascistas con grupos más amplios, incluyendo a sionistas de izquierda como Mordkhe Korona (Marcos Corona), Zevulun Berebiches, Chaim Lasdeisky, Kalmen Landau y Avner Aliphas (Cimet, 1994: 283). El intento por parte de los comunistas judíos de influir el debate en torno al sionismo en un sentido pro-soviético fue fortalecido por la presencia en México, no sólo de “Alemania Libre”, sino del embajador soviético (también judío) Constantin Umansky. Este, culto y carismático, logró actuar como puente entre las inquietudes locales y la política mundial, al menos antes de su muerte temprana – en un misterioso accidente aéreo – en enero de 1945. Por último, el apoyo de Lombardo Toledano, figura influyente en el movimiento obrero dentro y fuera de México, permitió dar mayor visibilidad a las campañas en pro de un Estado judío en Palestina, considerando su cercanía con sectores pro-comunistas de la comunidad judía en México (Gurvich, 2004: 65, 136).

Un primer acercamiento entre “Alemania Libre” y la comunidad judía de México concierne a “Menorah”, la organización que los judíos de habla alemana habían fundado en 1938 y que había adquirido notoriedad por su oferta cultural (Pohle, 1986: 78-79). Bajo el liderazgo de Paul Drucker, “Menorah” mantuvo el equilibrio entre las distintas posiciones políticas en su interior, privilegiando el énfasis en la posibilidad de sumar judaísmo con antifascismo y, tras la fusión con “Hatikva”, una organización más pequeña que agrupaba a los judíos pro-sionistas de habla alemana, se convirtió en “Hatikva-Menorah” hacia fines de 1946. Los judíos de habla alemana en México eran una minoría dentro de una comunidad mayoritariamente compuesta por hablantes de idish, provenientes de Europa Oriental. De ahí que la tarea de convertir a las víctimas de la Alemania nazi en defensores de la “verdadera” Alemania, cobrara en ocasiones un cariz titánico. Y más allá de las comprensibles reticencias que las víctimas directas del terror nazi pudieran abrigar, estaba también el obstáculo de mover a la acción a “ese gran espectador apático y apolítico”: los antiguos migrantes que ahora consolidaban su ascenso social hacia las clases medias (Gurvich, 2004: 50-51).

El contacto más próspero entre “Alemania Libre” y la comunidad judía de México se dio en el marco de la Logia Spinoza No. 1176 de Bené Berith – o, en corto, Bené Berith – que perseguía metas similares a las de su homónima en Estados Unidos la cual, además de organizar actividades culturales y filantrópicas, se ocupaba de incluir la demanda por un Estado judío en el debate público, en colaboración con líderes sionistas como Stephen Wise, Chaim Weizmann y Nahum Goldmann (Pohle, 1986: 318-319). André Simone fue el exiliado que más empeño puso en lograr el acercamiento entre “Alemania Libre” y la Bené Berith, el cual fructificó con la publicación del primer número de la revista mensual Tribuna Israelita. Órgano mensual de la Logia Spinoza No. 1176 de Bené Berith en diciembre de 1944. Esta fue distribuida gratuitamente en México y América Latina, y fue financiada probablemente por la propia Bené Berith, más organizaciones ju- días nacionales e internacionales2. Si bien en la portada de Tribuna Israelita aparecía José Benbassat, el presidente de la Bené Berith en México, como “director gerente”, quien asumió el rol de editor en jefe fue Simone – quien, tras su regreso a Europa en febrero de 1946, fue relevado por Rudolf Feistmann, quien dejó México en el verano de 1947 (Kießling, 1993: 122). Reflejando el vínculo estrecho con “Alemania Libre”, el formato de Tribuna Israelita fue muy parecido al de la revista Freies Deutschland: un artículo editorial seguido de ensayos políticos y literarios, un panorama de la prensa lo- cal, reseñas de libros y una sección final de noticias, nacionales e internacionales, su- mando un promedio de 32 páginas (Pohle, 1986: 331). Ahí dejaron huella varios autores asociados a “Alemania Libre” como la antropóloga suiza Gertrud Duby (1901- 1993), la escritora y médica austriaca Marie Pappehnheim (1992-1966), la escritora checa Lenka Reinerová (1916-2008), el escritor y médico yugoeslavo Theodor Balk (1900-1974) y el periodista austriaco Bruno Frei (1897-1988), entre otros. Los más prolíficos fueron el poeta y editor alemán Paul Mayer (1889-1970), más los ya menciona- dos Feistmann, Kisch y Leo Katz.

Tribuna Israelita se presentó como una “revista de información” en la que tendrían cabida las opiniones de “todo enemigo de Hitler, todo amigo de las Naciones Unidas” (“Nuestro Programa”, diciembre 1944: 1). En realidad, las voces críticas a la Unión Soviética fueron excluidas, comenzando por aquellas provenientes del bundismo, cuyo rompimiento abierto con el comunismo tuvo lugar en 1941 cuando los dirigentes del Bund, Victor Alter y Henrik Erlich, activos en la Polonia ocupada por los nazis, fueron acusados de espionaje por el régimen soviético, siendo ejecutados poco después, en circunstancias poco claras (Cimet, 1994: 284). Según los bundistas, escribiendo desde la publicación Forois (Hacia adelante), la alianza de los sionistas con la Unión Soviética era meramente oportunista y nada tenía que ver con las simpatías ideológicas, mientras que los comunistas eran blanco de ataques por su tratamiento acrítico, lejos de la realidad, sobre la situación de los judíos en las repúblicas soviéticas (Cimet, 1997: 144-146). Muchos de los puntos de vista expuestos en Tribuna Israelita fueron objeto también de análisis en Fraiwelt (Mundo Libre), la revista del comunismo judeo-mexicano fundada en 1943, bajo la dirección de Marcos Corona y Leo Katz, este último de forma anónima, porque su estatus migratorio como refugia- do no le permitía ponerse al frente de una publicación política (Gurvich, 2004: 25). Por lo demás, la prensa judía en el México de los años cuarenta, estaba dominada por dos diarios principales, publicados en idish: Di Shtime (La voz), de filiación bundista, izquierdista y en relaciones estrechas con el Comité Judío Laborista de Nueva York, y Der Weg (El camino), liberal y sionista, complementado por una publicación de enfoque sionista, Unzer Tribune (Nuestra tribuna) (Bokser et al., 2016: 285).

Tras la creación de Israel en 1948, el sionismo se convirtió en la ideología dominante, desplazando así al comunismo y al bundismo (Gurvich, 2004: 65; Cimet, 1994: 278). Sin embargo, antes de que esto sucediera, los debates habían sido álgidos y de ninguna manera determinados de antemano. De ahí la importancia del significado que Tribuna Israelita tuvo en la historia del exilio alemán en México: cómo un corpus de conocimientos y experiencias, que habían tenido a Europa como escenario, se adaptaron al contexto local, en beneficio de un actor – la comunidad judía – aún en proceso de labrarse en un espacio en la política y sociedad mexicanas. En esta época, la política soviética había dado un giro radical puesto que, si antaño consideraba a los vínculos religiosos y nacionalistas como obstáculos para la solidaridad de clase, ahora veía en la creación de Israel la posibilidad de ampliar su influencia en el Medio Oriente. Así, en un lapso breve, la posición de Paul Merker, el líder de “Alemania Libre” pasó de abogar por una nueva Alemania donde los judíos serían protegidos y reivindicados, a apoyar abiertamente el movimiento nacional judío (Graf, 2011:   249-250; Pohle, 1986: 319).

Estrechar lazos con la comunidad judía de México fue un episodio más en la carrera de André Simone como agente soviético quien, en los años treinta, había sido una figura clave de la propaganda comunista en contra del nazismo y organizador de una Anti-Nazi League en pleno Hollywood, y que ahora colaboraba con los sectores de la izquierda mexicana afines a Lombardo Toledano, a quien había conocido en París hacia 1935 (Miles, 2010: 163-164; Simone, 1943: 34). El perfil de Rudolf Feistmann era similar, pues había dirigido el periódico comunista y anti-nazi Unsere Zeit en el París de los años treinta, y tenía un conocimiento enciclopédico sobre la élite nazi, lo que le permitió intensificar la labor de denuncia, con nombre y apellido, al fin de la guerra (Weber y Herbst, 2004: 198-199). Cabe añadir que la posición en pro del pueblo judío que Simone, Feistmann y Merker sostuvieron durante su exilio en México se volvió en su contra en la posguerra, en el contexto de las purgas orquestadas por Stalin en los países bajo influencia soviética, a lo que se añadió el viraje radical en su política contra Israel, cuyo acercamiento con Estados Unidos resentía. En Alemania Oriental, Feistmann se suicidó en 1950, tras haber sido acusado de haber ayuda- do al espía americano Noel Field mientras que, en 1955, Merker fue denunciado como “agente sionista” y pasó ocho años en prisión (Kießling, 1993: 118-119). Por último, Katz fue condenado a muerte por el tribunal supremo de la República Checoeslovaca tras haber confesado sus culpas, entre las cuales se hallaba, específicamente, el haber dirigido Tribuna Israelita (Spenser, 2018: 298).

Tribuna Israelita rebasó la intención de sus autores y se convirtió en un vehículo para que la comunidad judía de México expresara sus deseos de arraigo y pertenencia. Tuvo la virtud de haber puesto fin a la situación de exclusión lingüística en que, ante el predominio de las publicaciones en idish, vivían los judíos sefarditas y los jóvenes judíos que hablaban español (Bokser et al., 2016: 285). Tras la experiencia fallida de La verdad (1937-1938), Tribuna Israelita fue la primera revista en español de la comunidad judía mexicana y se publicó hasta 1987, aunque persiste actualmente como sitio web que busca generar un diálogo con “líderes de opinión del país”, ofrecer información sobre judaísmo y sobre la presencia judía en México, así como fomentar la reflexión sobre antisemitismo y racismo (s.a., 2016). En sus primeros años, Tribuna Israelita fue una plataforma de ex- presión para exiliados de habla alemana, célebres intelectuales judíos como el científico alemán Albert Einstein o el escritor soviético Ilya Ehrenburg, y líderes sionistas mundiales como Nahum Goldmann y Stephen Wise. La revista dio también voz a una serie de autores judíos radicados en México, como el poeta Jacobo Glantz (originario de Ucrania), el crítico musical Salomón Kahan (originario de Polonia), los líderes comunitarios Adolfo Fastlicht (originario de Polonia), León Dultzin (originario de Bielorrusia), José Benbassat (originario de Turquía) y Eduardo Weinfeld (origina- rio de lo que hoy es Eslovaquia), activos en rubros como educación, beneficencia y política nacional e internacional; así como Teresa de Feibelman, a cargo de la sección de entrevistas, y la psicóloga Eugenia S. de Hoffs3. También hizo espacio al exilio re- publicano español, representado por la escritora y crítica de arte Margarita Nelken (también judía), el historiador Pere Bosch Gimpera, y el poeta y dramaturgo Álvaro Araúz, entre otros. Entre los intelectuales mexicanos que escribieron para Tribuna Israelita se encuentran: escritores como Alfonso Reyes, Ermilo Abreu Gómez, Julio Jiménez Rueda y Margarita Paz Paredes; juristas como Salvador Azuela, Raúl Carrancá y Trujillo, y Carlos Franco Sodi; más el historiador Silvio Zavala, el biólogo Enrique Beltrán y el compositor Carlos Chávez. Un mérito adicional de la revista fueron sus lazos con América Latina, dan- do voz a figuras como el escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle y el antropólogo cubano Fernando Ortiz, autor de varios libros en torno al tema de razas y racismo, y estrechando relaciones con publicaciones similares, como Judaica de Buenos Aires.

En la próxima sección, se analizarán algunos ejemplos de cómo en Tribuna Israelita coexistieron, por un lado, la crónica del Holocausto y la batalla por la creación de Israel, con una discusión de lo que antisemitismo y racismo significaban para México, por el otro, una vez que la temática “mexicana” comenzó a predominar sobre el énfasis inicialmente puesto en Europa.

Los grandes temas de Tribuna Israelita: anti-fascismo, ¿anti racismo?

México, “un campeón de la libertad y de la paz” y su presidente Ávila Camacho, “defensor de todos los pueblos oprimidos”, eran aliados naturales de la lucha del pueblo judío por la autodeterminación – ese fue el caballo de batalla elegido por Simone en la primera editorial de Tribuna Israelita (“Nuestro Programa”, diciembre 1944: 1)4.

Además, Simone tocó una fibra sensible al exaltar a la Constitución de 1917: si esta “libertó a la tierra, libertó a los trabajado- res, y libertó al país de toda discriminación racial” y significado el “resurgimiento de la nación mexicana”, entonces era posible que los mexicanos comprendieran desde luego “el deseo del pueblo judío de vivir en su propio país, bajo su propia constitución” (“El problema judío”, febrero de 1945: 1). Aprovechando su amplia experiencia como editor y activista, Simone complementó la retórica con acciones indirectas. En ocasión de la Conferencia de Chapultepec, una reunión de cancilleres de países americanos que tuvo lugar en la Ciudad de México a principios de 1945, se distribuyó entre aquellos un folleto publicado por Tribuna Israelita, titulado “Autodeterminación para el Pueblo Judío”, donde se detallaba  la “tragedia espantosa” de los judíos, así como sus contribuciones a la guerra y sus aspiraciones, tales como la participación en los tribunales que juzgarían a los tribunales de guerra y la creación de un hogar nacional en Palestina (Fastlicht, 1945: 4). La huella de Simone en Tribuna Israelita también puede trazarse en la sección dedicada a “Lo que dice la prensa en México”, en cuanto ahí se dio voz a las publicaciones de la izquierda mexicana pro-comunista en torno a Lombardo Toledano, como el periódico El Popular, ligando las expresiones locales de antisemitismo a una posición política de derecha o a prejuicios religiosos retrógrados.

La labor de Rudolf Feistmann en Tribuna Israelita muestra cómo, de todos los exiliados en México, este fue quien más pugnó por crear conciencia en el público mexicano sobre el Holocausto, valiéndose de su experiencia como editor desde 1943 del Demokratische Post, publicado por “Alemania Libre” en un afán de ganar simpa- tías entre la comunidad alemana local (von Mentz, 1984: 53-54). Feistmann actuó más bien a título personal que colectivo, una vez que, tras la muerte del embajador soviético Umansky a principios de 1945, el liderazgo de “Alemania Libre” tomara una actitud mucho más moderada en la defensa de intereses sionistas (Pohle, 1986: 337-338). Esto explica el carácter excepcional de un libro hoy casi desconocido, Criminales de guerra (1945), que Feistmann (alias Fuerth, nombre de su ciudad natal en Baviera) escribió con motivo de los juicios de Núremberg, los cuales sentaron en el banquillo a los líderes del nazismo alemán en 1945-1946. En esta obra, Feistmann subrayó la “corresponsabilidad” del pueblo alemán por los crímenes del Tercer Reich, afirmando con denuedo que “en toda Alemania circulaban rumores acerca de acontecimientos atroces en los territorios ocupados” (Fuerth, 1945: 129). Feistmann denunció la corrupción e indiferencia moral consustancial a un régimen donde el terror se había vuelto un “negocio”, ilustrado por el alquiler de presos para las plantas que Siemens y de I.G. Farben tenían junto a los campos de concentración de Ravensbrück y Oswiecim (Auschwitz) respectivamente, o los camiones de gas para asfixiar prisioneros de la marca Opel (Fuerth, 1945: 82-83, 142). Según consignaba Feistmann, los crímenes de los líderes nazis incluían también la experimentación médica con personas, el uso de restos humanos como fertilizante, el tratamiento brutal de civiles y prisioneros de guerra soviéticos, la destrucción completa de pueblos como Lídice en Checoeslovaquia en 1942 y Oradour-sur-Glane en Francia en 1944, así como la liquidación de 100,000 “deficientes mentales” en Alemania (Fuerth, 1945: 50, 56-58, 60, 74, 77).

¿Cómo asimilar lo inasimilable? Un camino, el del retorno con renovado ímpetu a la propia cultura, es el que siguió Leo Katz en las páginas de Tribuna Israelita. Originario de la región de Bukovina, hoy dividida entre Rumania y Ucrania, pero antiguamente parte del territorio austro-húngaro, Katz fue el exiliado que tuvo el vínculo más estrecho con la comunidad judía local. Además de hablar idish y haber hecho una carrera distinguida en los partidos comunista alemán, austriaco y francés, era un gran conocedor de la cultura e historia judías (Cimet, 1994: 287; Mayer, 2006: 241). En una de sus contribuciones más memorables a Tribuna Israelita, Katz analiza la pregunta fundamental del libro de Job: “¿a qué se debe a que en la tierra le vaya bien al delincuente y mal al justo?” Job le reprocha a Dios que “nada hace para cambiar ese injusto orden del mundo”, y sólo puede hallar consuelo – a medias – en la realización de “cuán fútil es el individuo en el cosmos”. Lo interesante es que Katz concluyera que el autor del libro de Job se vio rebasado por los problemas planteados por este, dejándolos sin resolver, añadiendo que nuestra época “trata de solucionarlos en el sentido moderno” (Katz, 1946b: 13-14). Sin embargo, el espíritu de Job persiste en Katz cuando, al meditar sobre los juicios de Núremberg, confiesa qué difícil le resulta aceptar que los destinos del mundo hubieran sido dirigidos “por gente insignificante y aún por criminales” (Katz, 1945: 7-8).

Katz también escribió en contra del “espíritu del Ghetto” o la idea que el judaísmo ha realizado sus mayores proezas estando bajo la presión del exterior, que él consideraba falsa pues creía que, lejos de segregarse, los judíos debían relacionarse con el mundo en derredor (Katz, 1946b: 19-20). Así, una revista como Tribuna Israelita, cumplía en México esa misión de “cooperación” con el mundo exterior, no solo buscando aliados locales para la creación del estado de Israel, sino echando raíces en el país. Como argumentó Adolfo Fastlicht, a cargo de los asuntos culturales de Bené Berith, “ningún judío mexicano infringe sus deberes ciudadanos y debilita su cariño a México en lo más mínimo, si aboga activamente por la solución de la cuestión de Palestina” (Fastlicht, 1946: 2-3). Una solución que él consideraba “democrática” y por ello en sintonía con la política inter- nacional del propio México, a tono con la retórica antifascista y pro-democrática imperante, usada también por Leo Zuckermann para afirmar cómo “la lucha contra el anti-semitismo y por la igualdad de razas debe ser el arma más importante en el arsenal de la democracia contra el fascismo” (Zuckermann, 1945: 8).

El tema de la igualdad de las razas tendió un puente simbólico entre judíos y mexicanos, como muestran las contribuciones de Egon Erwin Kisch, comenzando por el retrato optimista que hizo de una pequeña comunidad judía en el estado de Hidalgo, seguidora de su fe a pesar de las estrecheces materiales de su vida, elaborado en contraste con la larga fila de “se- res consagrados a la inmolación” que, en Europa, caminaban hacia su destino final, morir asfixiados por gas en una “fábrica de la muerte” (Kisch, 1945a: 13-14). Kisch también escribió sobre las similitudes que existían entre la religión de los  antiguos mexicanos, mayas y aztecas, y el cristianismo e incluso el judaísmo, afirmando que aquellos eran monoteístas  y jugando con la idea de que los pueblos indígenas de América descendían de una tribu perdida de judíos (Kisch 1945b: 6-8 y 1945c: 9-11). Quien dio un tono más actual al tema fue la periodista suiza Gertrud Duby, cuyo reportaje sobre los lacandones pretendió mostrar cómo el racismo era una construcción social, artificial. Los lacandones, según Duby, “tienen la mentalidad de la gente que nunca conoció ni la esclavitud ni la servidumbre”; así, carentes de todo “sentimiento de inferioridad”, para ellos “el blanco no es gente superior” sino “otra gente, nada más” (Duby, 1946a: 26). Cabe añadir que la contribución más importante de Duby al tema del racismo fue ¿Hay razas inferiores? (1946), editado por la Secretaría de Educación Pública. Ahí enfatizó que “los judíos no son una raza, sino gente que practica la religión judía y que pueden ser blancos, negros o mongólicos” y que el progreso humano no está determinado por características físicas, sino posibilidades eco- nómicas y culturales (Duby 1946b: 10-11, 14, 83). Si “el racismo es como la paz, indivisible”, concluyó, entonces “un mexicano que desprecie al judío, al negro o al chino, se desprecia a sí mismo” (Duby 1946b: 25). “El mismo Dios que libró a Israel de todo mal, es el Dios que santifica y guardia la porción de Anáhuac” - estas palabras de Benito Juárez sirvieron a Rodolfo González Navarro como epígrafe de Antisemitismo, ideología antimexicana (1945) publicación de bolsillo de Tribuna Israelita que, siguiendo los pasos de Lombardo, afirmó que el pueblo mexicano es “el que mejor compren- de los sufrimientos de la raza israelita” (González, 1945: 25). González creía que “la teoría nazista de la inferioridad de las mezclas raciales es antimexicana en grado máximo”, ilustrando su convicción con el régimen colonial en México, “excedido en sus crueldades únicamente por la de los nazis”, y donde la supuesta brutalidad del indio justificaba su sumisión a la “raza blanca señorial ‘aria’” (González, 1945: 5, 10-11). Así, para González, la independencia de América había sido – en esencia – una protesta contra la discriminación racial por parte de quienes llevaban siglos de ser calificados como inferiores e incapaces de gobernarse a sí mismos. Apoyar la creación de un Estado judío en Palestina tendría que ser, para México, algo natural, ya que su historia lo había hecho especialmente sensible a las demandas justas de pueblos y razas oprimidas (González, 1945: 24).

Por último, tratándose de una publicación nacida de impulsos pro-soviéticos, no deja de ser interesante notar cómo la realidad termina imponiéndose, la de un México cuya vida internacional tenía a Estados Unidos como principal protagonista. Así, en las páginas de Tribuna Israelita, a pesar del espacio dado constantemente a las voces progresistas de este país, abundan los paralelos entre la situación de los judíos y la de los mexicanos ahí radicados. Por ejemplo, en 1945, el asesinato de un mexicano a manos de un grupo de fanáticos racistas texanos se consignó con los términos más enérgicos: “tal parece que el Estado de Texas se hubiera convertido en refugio de los secuaces de Goebbels y de Himmler” (Ibarra, 1945: 16). Al año siguiente, Enrique Beltrán, catedrático de biología, la- mentaba la discriminación contra negros y latinoamericanos que existía en Estados Unidos, mientras que Rafael Paz Paredes afirmaba que el prejuicio prevalente en ese país, so pretexto del color de la piel, era tan “infundado como el odio de los nazis contra los judíos” (Beltrán, 1946: 2; Paz Pare- des, 1946: 8). La imagen del mexicano en Estados Unidos sirvió a Isidoro Berebichez para describir la situación de los judíos en México (Berebichez, 1946: 21-22):

Nosotros no creemos en una asimilación total; el Mexicano que vive en Texas, habla español y conserva las costumbres mexicanas, es tan buen ciudadano norteamericano como el descendiente de los que vinieron en el ‘Mayflower’; esto se demostró en la última guerra mundial. Y el judío que vive en Tamaulipas o Zacatecas, cultivando sus tradiciones nacionales, es también un ciudadano honrado y enamorado de esta Tierra del Sol, noble y generosa, donde edificó su casa y donde nacieron, crecieron y se educa- ron sus hijos, en cuya mente inculca el amor para México y para el antiguo e inmortal pueblo de Israel.

El racismo no es un mal propio, sino aje- no – esa es la nota que tuvieron muchas de las contribuciones de Tribuna Israelita. Así, en septiembre de 1945, cuando Tribuna Israelita pidió a un número de personalidades distinguidas que respondieran a un cuestionario sobre cómo podría combatirse el racismo y el antisemitismo, hubo muchos que negaron que estos fueran problemas “mexicanos” en primer lugar. De forma interesante, esta fue la misma posición tomada por miembros del exilio republicano español como José Herrera Petere, quien aseguraba que “el racismo no es árbol que se críe por castellana tierra”, añadiendo que la práctica ausencia de judíos en la España moderna había erradicado la posibilidad de que hubiera antisemitas (Herrera, 1945: 22-23). De forma similar, Car- los Franco Sodi, profesor de derecho en la unam que había prologado Criminales de guerra de Feistmann, aseguró que en México no existía la discriminación puesto que “hemos entregado indistintamente los destinos de la patria al indio, al blanco o al mestizo”, añadiendo que el país había recibido a “millares y millares de refugiados” (Franco, 1946: 18-20). Franco creía que la discriminación racial contradecía al cristianismo, una fe que “nos manda ver en todo hombre, cualquiera que sea su fe, su raza o su nacionalidad, un hermano”, opinión compartida por Alfonso Francisco Ramírez, presidente del Comité Mexicano Pro Palestina, convencido de que el antisemitismo era “un fenómeno patológico que revela una alteración de la conciencia cristiana” (Ramírez, 1946: 1).5 En contraste con la creencia prevalente de que un pueblo mestizo (o católico) no puede ser racista, se levantaron voces como la del escritor Martín Luis Guzmán, quien sostuvo que los judíos carecían de “una cultura superior” y de “inclinaciones sociales” que hicieran “perdonable el ser tan aptos para el enriquecimiento”. O como la de Rafael Noriega, director del periódico El Nacional, quien criticó a los judíos mexicanos por su supuesto aislamiento, visto como justificación de actitudes antisemitas (“Nuevas contestaciones”, 1945: 29 y 39). En respuesta, Tribuna Israelita subrayó la labor filantrópica de la comunidad judía y, sobre todo, definió a México como “ejemplar democracia racial”, ignorando (¿estratégicamente?) el hecho de que la retórica del mestizaje mexicano tenía como fin último la homogeneización social de acuerdo con un modelo ideal: blanco, occidental y católico (Cimet, 1997: 11)

Una de las voces que analizaron con más claridad la cuestión de por qué en México, tratándose de los judíos, prevalecía una gran brecha entre la empatía y las acciones concretas, fue la de Eduardo Weinfeld. Escribiendo para Judaica de Bue- nos Aires, con una libertad que quizás no podía gozar en México, Weinfeld aseguraba que los escritores mexicanos – católicos, liberales o socialistas – que abogaban por el judío lo hacían “no porque simpaticen con los judíos o, en rigor, para defender- los, sino para defender a través de ellos sus propios principios amenazados” (Weinfeld, 1944: 5). Como no hallaban “elementos de defensa suficientes en el panadero, sastre o tendero judío con quien tropiezan a diario”, su defensa del judaísmo se reducía a cantar las alabanzas de judíos célebres. Por lo que Weinfeld preguntaba: “¿Y cuál sería nuestra ‘defensa’ si no tuviésemos a ningún Einstein, Freud o Bergson? Probablemente estaríamos perdidos” (Weinfeld, 1944: 6-7). La raíz del mal se hallaba, según él, en el desconocimiento que había en México respecto de la vida y cultura judías, el cual campeaba lo mismo en las grandes masas del pueblo que en la “flor y nata” de su intelectualidad, lo que Weinfeld ilustró a partir de la imagen falsa y estereotípica del judío que prevalecía en la literatura mexicana, incluso en obras consideradas como filosemitas. De ahí la importancia capital que Weinfeld asignó a la cultura, capaz de suscitar una empatía verdadera, así como de apuntalar la pertenencia del judaísmo al mundo hispanoparlante. Y, de hecho, fue en Tribuna Israelita donde Weinfeld dio a conocer la publicación de una Enciclopedia Judaica Castellana que remediara la carencia de literatura en español sobre el judaísmo – y que, entre 1948 y 1951, fructificó en diez volúmenes (Weinfeld, 1946: 35).

Conclusiones

Tribuna Israelita surgió de un caso especialmente exitoso de cooperación entre diversas redes: por un lado, intelectuales consagrados y activistas profesionales tras- plantados de sus ámbitos de acción usuales y para quienes México fue una especie de estación de tren; por el otro, de inmigrantes y refugiados que – en la mudanza de lugares y cosas – devinieron en líderes políticos y culturales, haciendo del país refugio un domicilio permanente. Queda pendiente determinar cómo es que la Bené Berith, una organización fundada en 1843 y con sede en Estados Unidos, aceptó la colaboración con “Alemania Libre” y el tono pro-soviético que tomó inicialmente Tribuna Israelita, así como las posibles fricciones que el proyecto de la revista pudo generar entre la Bené Berith y el Comité Central Israelita de México (ccim)6. Después de todo, hubo organizaciones similares que escogieron tácticas que, en retrospectiva, parecen obvias, como centrarse en la alianza estratégica con Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Tal fue el caso de la American Jewish Comittee que patrocinó la creación en 1944 de un (fallido) Comité Mexicano Contra el Racismo en 1944 que, no obstante combinar también la defensa del judío en México con la del mexicano en Estados Unidos, nunca logró arraigar- se en la comunidad judeo-mexicana (Katz Guggenheim, 2012). Amén de los detalles, el caso es que Tribuna Israelita merece ser estudiada como un episodio importante de la batalla (aún en marcha) para crear un México plural y tolerante.

 

Notas:

 

  1. Agradezco a Enrique Chmelnik, director del Centro de Documentación e Investigación Judío de México, así como a su equipo de colaboradores, por su ayuda en la búsqueda y localización de fuentes.
  2. 2 Entre 1944 y 1947, la publicidad y los anuncios comerciales estuvieron prácticamente ausentes de sus páginas. No cuento con detalles acerca del número de ejemplares publicados ni las listas de distribución.
  3. La información biográfica de varios de estos personajes, informativa aunque sin referencias bibliográficas, puede encontrarse en: http://vol2. intelectohebreo.com.mx/lideres-comunitarios.html (última consulta: 11.09.2018).
  4. Kloyber y Patka (2002: 258-263) atribuyen también a Katz la autoría de las editoriales (sin firma) de Tribuna Israelita hasta febrero de 1946.
  5. En Tribuna Israelita (septiembre: 12) se incluye una lista de miembros de este Comité, creado en otoño de 1946: Presidente, Lic. Alfonso Francisco Ramírez, Ministro de la SCJN, Vicepresidente: Antonio Castro Leal, Ex-Rector de la Universidad Nacional de México; Secretario, Dr. Efrén Núñez Mata; Vocales: Antonio Acevedo Escobedo, Lic. Salvador Azuela, General Lázaro Cárdenas, Dr. Raúl Carrancá y Trujillo, Lic. Alejandro Carrillo, Lic. Antonio Islas Bravo, Dr. Alfonso Millán, Dra. Matilde Rodríguez Cabo, Rubén Romero, Lic. Luis B. Varela y Lic. José Vasconcelos. Cabe preguntarse qué hacía Vasconcelos ahí, luego de haber sido director de la revista Timón en 1940, la publicación pro-nazi más ambiciosa que la legación alemana financió en México (Bar Lewaw, 1971: 152)
  6. La Bené Berith fue la primera organización internacional que apoyó, en los años veinte, a la naciente comunidad judía de México, aunque el intento de imponer su perspectiva a través de la ayuda financiera generó resistencias (Cimet 1997: 33-34, 152). En 1937, presidió la fundación de un primer Comité de Antidifamación, donde mantuvo su influencia cuando este pasó a manos del ccim, creado en 1938. En 1945, se creó un Comité Unido de Antidifamación para simbolizar nuevamente la voluntad de unir esfuerzos entre la Bené Berith y el ccim, quien sugirió entonces que Tribuna Israelita quedara bajo su control. Ver: Archivo histórico del CDIJUM, ccim, Comité Antidifamación, Comité Unido de Antidifamación, exp. 01 y exp. 05.

 

Referencias

Archivos consultados

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*Dr. Andrea Acle-Kreysing (MPhil & PhD Cantab)
Lecturer
Global and European Studies Institute, Universität Leipzig
https://uni-leipzig.academia.edu/AndreaAcleKreysing