EL PUENTE, LA ALFOMBRA Y EL ROMPECABEZAS. Jonathan Gilbert, Escuela Yavne

   Cuando utilizamos herramientas de educación no formal en el contexto escolar lo hacemos pensando en generar un impacto mayor al que hubiera sido posible tener en el aula de clase. Apelamos a las emociones y al aprendizaje vivencial. Utilizamos metáforas y analogías que preparan el terreno para conclusiones inesperadas y poderosas. O al menos eso desearíamos.
   La semana pasada, con motivo del 23º aniversario luctuoso del asesinato del Primer Ministro Itzjak Rabin, dedicamos un espacio en la Yavne para reflexionar sobre los temas que son tan urgentes hoy como lo fueron entonces: intolerancia, extremismo, desunión, violencia, etc.  Para ello, se prepararon una serie de actividades que giraron en torno a la idea de la unión desde la diferencia. Retos por equipos, “team building” con cuerdas, rompecabezas enterrados en la arena, puentes colgantes y un tapete que debía ser volteado sin bajarse del mismo fueron algunas de las misiones que debían cumplirse. Y, al igual que en la Hagadá de Pesaj, no faltó la hija jajama (sabia) que hizo la pregunta: “¿Y esto qué tiene que ver con Rabin?”. Recupero tres elementos: el puente, la alfombra y el rompecabezas. Espero con eso contestarte, querida alumna.

   EL PUENTE
   “Ningún hombre es una isla” dijo el gran poeta inglés John Donne. Tampoco ninguna nación ni ninguna creencia o filosofía. Los seres humanos estamos condenados (¿o bendecidos?) a vivir en sociedad y debemos saber tender entre nosotros puentes. Un puente no es una fusión entre dos unidades, pero si una vía de comunicación de dos sentidos. A través del puente las islas dejan de ser islas y se convierten en territorios interconectados, que se nutren mutuamente y que, al conocerse, aprenden a respetarse.
   El puente no niega la individualidad ni la diferencia, pero niega la falacia de estar solos en el mundo. Nos recuerda que, del otro lado, hay alguien que piensa distinto a mí, cree en cosas diferentes y probablemente le cueste tanto trabajo comprenderme como a mí me cuesta comprenderlo a él.

   LA ALFOMBRA
  
Voltear una alfombra cuando se está solo, resulta sencillo. Hacerlo cuando varios compañeros más se encuentran sobre de ella, es una labor titánica pues, para ello, se requiere de extraordinaria comunicación. Una actividad tan sencilla (irse hacia un lado, doblar la esquina, pisar el lado doblado, dar pequeños saltos para desdoblar y voltear el tapete) puede convertirse en un dolor de cabeza cuando requiere coordinación entre las partes. Así con el mundo.
   Habitamos una misma alfombra. Voltear el rumbo de nuestra alfombra planetaria es, en principio, sencillo (moderar el uso de recursos naturales, establecer mecanismos de disminución de la brecha entre ricos y pobres, velar por los derechos humanos, etc.). Hacerlo de forma coordinada, requiere de genialidad pura.
   Israel no es la excepción. Cuentan que ante la queja de Richard Nixon sobre las dificultades de gobernar un país con 200 millones de habitantes, Golda Meir le contestó que eso no era nada frente a lo que implicaba gobernar un país con 3 millones de Primeros Ministros. Y así hasta el día de hoy. Israel es un país habitado por una población, en su mayoría, inteligente, preparada, capaz y llena de ideales fuertemente arraigados. Cada quien sabe cómo “voltear” nuestra pequeña alfombra, desde Eilat hasta el Golán. El único problema es que, para hacerlo, se requiere de proyectos comunes, de coordinación. Y sí, para ello, en ocasiones hay que saber ceder.

   EL ROMPECABEZAS
  
Dos peculiaridades destacan en un rompecabezas. Uno, todas sus piezas son distintas y necesarias. Dos, sus piezas embonan las unas con las otras. Se podría vivir una en paz con tan solo estas dos lecciones. Es decir, la paz requiere precisamente de ambos requisitos: reconocer que todas las piezas son distintas y necesarias y que sus diferencias permiten, precisamente, la unión entre ellas.
   Las piezas de rompecabezas cuentan con protuberancias y hendiduras que se ensamblan para formar imágenes y dar sentido al caos de las piezas sueltas. Curiosamente, muchos quisiéramos recibir únicamente piezas idénticas. Mismos colores, mismas formas, mismas hendiduras y salientes. Pero la riqueza del tejido humano radica en su complejidad. Las diferencias nos nutren y fortalecen, no nos amenazan ni destruyen. Aceptar la diferencia no implica solamente tolerar lo incomprensible sino enriquecer lo propio. Eso, querida alumna jajama, es lo que queríamos decir en este aniversario luctuoso de Itzjak Rabin. Shalom.