EVACUACIÓN DE GAZA: PASO EN LA DIRECCIÓN CORRECTA Esther Shabot *

     Tras largos meses de espera y con una fuerte tensión acumulada, la salida israelí de la Franja de Gaza se llevó a cabo a partir del 15 de agosto de 2005. Fueron desmantelados en diversos operativos, 21 asentamientos judíos en esa zona y cuatro más en el norte de Cisjordania. Una proporción significativa de colonos salió por su propia voluntad en las semanas anteriores luego de acordar con el gobierno israelí pagos de indemnizaciones y planes de reubicación dentro de Israel. No obstante, decenas de miles de soldados y policías tuvieron que obligar a abandonar sus propiedades a quienes pretendieron resistir la orden de evacuación.

     Proliferaron así escenas dramáticas en las que, aún cuando no se hizo uso de las armas, no faltó violencia física limitada, empujones, gritos, llantos e imprecaciones. La mayoría de los resistentes y de sus simpatizantes que llegaron de otras partes del país a apoyarlos, actuaban imbuidos de una ideología sionista-religiosa para la cual la santidad de la Tierra de Israel, en su connotación bíblica, está por encima de cualquier consideración política. Por lo demás, su resistencia perseveró hasta los últimos momentos, debido a que buena parte de su liderazgo –la asociación de colonos denominada “Yesha” y algunos de sus rabinos más importantes- les hizo creer que un milagro ocurriría y a final de cuentas, podrían de algún modo quedarse en el lugar en que habían vivido durante más de tres décadas. En cierta forma cabe suponer que de haber actuado tal liderazgo de manera más realista y responsable, la resistencia hubiera sido bastante menor.
     Mucho se ha comentado la paradoja de que haya sido precisamente Ariel Sharon, -sin duda uno de los principales arquitectos históricos de la empresa de colonización judía en territorios palestinos- quien con tanta firmeza y convicción se jugara ahora el todo por el todo como Primer Ministro de la nación, para conseguir la evacuación israelí total de Gaza. No hay una respuesta simple para explicar un viraje tan radical en la postura de Sharon, pero es evidente que las presiones y realidades de los nuevos tiempos mucho tuvieron que ver con ello. Más de cuatro años de intifada palestina, la expansión del terrorismo internacional a partir del 11 de septiembre de 2001 y las guerras en Afganistán e Irak, fueron parte de un escenario que obligaba a tomar decisiones radicales. Por lo demás, el círculo vicioso que privó en el conflicto palestino-israelí hasta la muerte de Arafat, tenía que ser roto por algún lado. Y en ese sentido, Gaza era “el eslabón más débil”. Desde hacía años las fuerzas políticas de centro-izquierda en Israel señalaban el absurdo de la presencia en Gaza de 8500 colonos judíos en medio de 1.3 millones de palestinos. El absurdo tenía que ver no sólo con la desproporción cuantitativa, sino también con la provocación que dicha presencia significaba para los palestinos y con la enorme cantidad de recursos militares y económicos que el Estado invertía en el mantenimiento de dicha situación. Para Sharon fue claro que si la crisis económica por la que pasaba Israel estaba obligando a realizar recortes dolorosos en los presupuestos destinados a la población general, el costo de mantener la presencia israelí en Gaza era francamente insostenible y aún aberrante, más allá de los costos políticos evidentes al ser dicha presencia reprobada por la comunidad internacional, sobre todo por los propios Estados Unidos.
     No cabe duda que la iniciativa de Sharon de desconectarse de Gaza encontró una férrea oposición por parte de muchos de sus colegas del partido Likud, lo mismo que entre los partidos de ultraderecha religiosos y no religiosos. Sin embargo, Sharon estuvo dispuesto a maniobrar interminablemente para sortear todos los obstáculos que aparecieron, consiguiendo a fin de cuentas, la aprobación de su plan por su propio gobierno, por el Parlamento y por las instancias judiciales. En consecuencia, el Likud quedó seriamente fragmentado y el sionismo religioso de corte mesiánico al que se adhieren muchos de los colonos, entró en una crisis severa al sentirse traicionado justo por aquél a quien consideraban su más confiable guardián político. Sin embargo, Sharon se mantuvo firme. Él sabía, como lo demostraban una y otra vez las encuestas, que entre un 60 y 70% del público israelí apoyaba la desconexión, que ésta contaba con el visto bueno de Washington y que además, si había alguna manera de romper con la parálisis en cuanto al conflicto palestino-israelí y su persistente cuota de sangre, era tomando esta polémica y atrevida decisión. Y más importante aún para explicar la firmeza de Sharon fue la evidencia mostrada por las cifras demográficas. No había futuro posible para 8500 colonos judíos viviendo entre más de un millón de palestinos y por otro lado, una anexión de facto de la Franja de Gaza a Israel significaba que el carácter judío del Estado desaparecería ante la realidad demográfica adversa. Esta realidad es la que parece haber tenido el mayor peso en la decisión de desconexión.
     Aún cuando el desalojo de Gaza ha sido prácticamente concluido es importante señalar que el final de esta historia está todavía muy lejos. Lo que en principio se planeó como “retiro unilateral” terminó teniendo un cierto grado de coordinación con la Autoridad Nacional Palestina (ANP). La desaparición de Arafat y la emergencia de Mahmud Abbas como presidente palestino permitió atenuar el unilateralismo inicial. A pesar de ello, la coordinación ha sido limitada y grandes interrogantes persisten. Sobre todo es motivo de inquietud la debilidad del gobierno de Abbas ante fuerzas palestinas como las representadas por el Hamas, cuya popularidad en Gaza es innegable. Está así por verse qué tanto puede la ANP controlar o integrar al Hamas para que el radicalismo de éste no entorpezca la buena marcha de la vida en la Franja después del retiro israelí. El trabajo a cargo del gobierno de Abbas constituye todo un reto y para estar a la altura le resulta imprescindible recuperar terreno y popularidad entre la población palestina. Para ello debe mostrar logros en el corto plazo, mejoras concretas en la vida cotidiana de su pueblo para lo cual debe combatir la corrupción que priva aún en varios de sus círculos dirigentes y hacer el máximo esfuerzo por desarmar a las milicias independientes. Si no fuera así, existe el riesgo muy real de que Gaza se convierta en un encalve manejado por los radicales islamistas, y en ese sentido la tensión y la violencia podrían resurgir inconteniblemente.
     ¿Qué sigue del retiro de Gaza? Es claro que ésta ha sido sólo un primer paso. De manera oficial, el gobierno de Sharon reconoció la necesidad de la creación de un Estado palestino, así como la ANP encabezada por Abbas ha reconocido la existencia legítima del Estado de Israel. Ambos dirigentes aceptaron el documento conocido como “Mapa de Rutas” redactado por el Cuarteto (E.U., la ONU, la Comunidad Europea y Rusia). Después de Gaza, resta la titánica labor de continuar negociando para conseguir el divorcio final de los dos pueblos que dé lugar a dos Estados. El proceso es enormemente difícil y complejo. Es necesario abatir al terror que constantemente intenta echar atrás cualquier avance, y es imprescindible abordar y dar solución a los arduos temas pendientes: la Margen Occidental del Jordán con sus 120 asentamientos judíos y sus 240 mil colonos en medio de 2.5 millones de palestinos; el destino de la ciudad de Jerusalén a la cual las dos partes asumen como su capital; el extremismo de las corrientes palestinas que aún ahora albergan el proyecto de destruir a Israel; las condiciones mínimas que aun hay que cumplir para que el eventual Estado palestino sea económica y políticamente viable; la demarcación de fronteras seguras y reconocidas que delimiten a cada Estado y la solución al problema de los refugiados.
     Las responsabilidades atañen pues a las dos partes. Si sólo una de ellas está dispuesta a asumir compromisos el resultado será sin duda fallido. Es por ello que en estos momentos, tras la evacuación de Gaza que significó una confrontación interna israelí no vista desde los primeros años de la creación del Estado, cabe esperar que del mismo modo dentro del campo palestino se tomen medidas que aunque dolorosas y traumáticas en ocasiones, pavimenten el camino para llegar a la paz.

* Analista de Medio Oriente