EL ACUERDO DE GINEBRA

     Un grupo de políticos e intelectuales israelíes y palestinos elaboraron, a título personal, una nueva iniciativa de paz. El Acuerdo de Ginebra, llamado así por el apoyo financiero recibido de Suiza, es producto de casi tres años de difíciles encuentros entre las partes en los cuales se trató de recoger los éxitos y fracasos de negociaciones anteriores, desde Camp David (julio de 2000) hasta Taba (enero de 2001). A pesar de no ser un documento oficial, este plan representa una nueva alternativa para la paz.

     Los principales promotores de esta importante tarea son el israelí Yossi Beilin, ex ministro de Justicia y negociador del proceso de Oslo, y Yasser Abed Rabbo, ex ministro de Comunicación palestino quien ha sido un factor importante en diversas negociaciones de paz. Por el lado israelí se suman los esfuerzos del ex candidato a Primer Ministro, Amram Mitzna, el ex presidente del Parlamento, Avraham Burg, los escritores Amos Oz y David Grossman, varios miembros del partido de izquierda Méretz y algunas otras connotadas figuras del área militar y política del país. Entre los palestinos que han colaborado destacan los miembros de Al Fatah y Tanzim, Qadoura Fares y Mohamed Khourani, algunos ex ministros de diversas áreas e integrantes del Consejo Legislativo Palestino.
     El acuerdo pactado ofrece una salida al añejo conflicto por la vía de las concesiones recíprocas y la redefinición de los objetivos de ambos Estados, así como de los valores que han de sustentar su coexistencia futura. Tanto israelíes como palestinos harían concesiones. Entre las propuestas que abarca el plan se encuentran:
     Estado palestino. El Estado palestino sería un ente independiente y democrático, miembro pleno de las Naciones Unidas. Tendría un carácter desmilitarizado y se comprometería tanto a combatir el terrorismo como a desmantelar milicias irregulares. Israel lo reconocería y éste, a su vez, reconocería a Israel como un Estado judío. Habría representación diplomática entre ellos.
     Fronteras. La demarcación de las fronteras definitivas se haría tomando como referencia las líneas previas a la guerra de 1967. Israel conservaría ciertos bloques de asentamientos y en reciprocidad, ofrecería a los palestinos terrenos de igual extensión.
     Jerusalem. La ciudad santa sería la capital de ambos Estados. La soberanía palestina sería ejercida sobre la ciudad vieja, incluyendo los barrios cristianos, con excepción del barrio judío y del Muro de los Lamentos, que quedarían bajo soberanía israelí. La Explanada de las Mezquitas sería controlada por los palestinos y una fuerza internacional garantizaría el acceso al lugar. Los israelíes podrían pasear por el lugar, pero no rezar en él, ni tampoco realizar excavaciones arqueológicas.
     Asentamientos judíos. Israel debería restituir el 100% del territorio de la Franja de Gaza y el 97.6% del de Cisjordania, por lo que tendría que desmantelar la mayoría de los asentamientos, sin que éstos sean destruidos, con el objeto de que sean transferidos a la Autoridad Palestina. El 2.4% restante correspondería a colonias israelíes que se encuentran en el perímetro de Jerusalem y que, como otras, del sur de Cisjordania, quedarían bajo soberanía israelí. A cambio de la permanencia de esas colonias, Israel otorgaría a la Autoridad Palestina zonas del desierto del Neguev contiguas a la Franja de Gaza.
     El retorno de los refugiados palestinos. Se propone indemnizar a quienes no sean absorbidos, integrarlos en los países árabes o acogerlos en Palestina. Israel se reservaría el derecho de admitir a un grupo de refugiados solamente con la autorización expresa por parte del gobierno.
     Aplicación y verificación. Se crearía un sistema con participación internacional para vigilar el cumplimiento de las disposiciones del acuerdo. Los miembros del Cuarteto (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y la ONU) y otros actores regionales elegidos por ambas partes formarían una comisión trilateral que junto con el gobierno israelí y palestino verificarían la aplicación del tratado.
     El plan de Ginebra ha despertado múltiples opiniones. Algunos lo apoyan y consideran que puede servir de base para un acuerdo de paz definitivo entre los dos pueblos. Otros, lo rechazan aduciendo que es una mera estrategia política de grupos de oposición de ambos gobiernos. Para muchos es tan sólo una expresión de buena voluntad y buenos deseos sin ninguna viabilidad operativa.
     El convenio se enfrenta al rechazo de ciertos sectores en ambas sociedades. En Israel es atacado por grupos de derecha, mientras que entre los palestinos no ha sido bien recibido por parte de los sectores extremistas. Se considera que dicho acuerdo es contrario a la democracia ya que ha sido negociado sin que los principales actores políticos hayan sido tomados en cuenta.
     No obstante, un importante número de personalidades de diferentes naciones han expresado su total apoyo al acuerdo y honran la labor de los que intervinieron en su creación. Entre ellos se encuentra los ex presidentes y premios Nobel de la Paz Jimmy Carter, Lech Walesa y John Hume; el secretario general de Naciones Unidas Kofi Anan; el presidente ruso Vladimir Putin; el primer ministro británico Tony Blair; el jefe de Estado francés Jacques Chirac; el presidente egipcio Hosni Mubarak; el presidente de la Comisión Europea Romano Prodi; y el alto representante de la Unión Europea Javier Solana.
     Esta iniciativa no ha sido el primer intento extra oficial de los sectores de izquierda y de políticos moderados para diseñar acuerdos de paz, que, a la fecha, han quedado como meras declaraciones de buena intención, sin viabilidad política alguna debido a una acentuada falta de representatividad de los firmantes respecto a las estructuras de gobierno de sus marcos nacionales.
     En este contexto, en noviembre de 1995 se redactó el documento “Beilin-Abu Mazen”, en el cual se proponía la creación de un Estado palestino en el 90% del territorio de Judea y Samaria. Jerusalem seguiría siendo una ciudad unificada aunque la bandera palestina ondearía sobre el Monte del Templo. Israel, según ese acuerdo, debía ceder territorios en el norte del Neguev, al norte del Mar Muerto y en el valle del Jordán.
     Otro intento pacifista israelí-palestino fue una declaración de intención redactada por el alto oficial retirado de las Fuerzas Armadas de Israel, Ami Ayalón, y el intelectual palestino Sari Nuseiba. Esa declaración consagraba el principio de dos Estados para dos pueblos, establecía la retirada israelí a la línea verde de 1967, designaba a Jerusalem como capital compartida sin asignar la soberanía sobre el Monte del Templo a ninguna de las partes, y establecía que los refugiados palestinos podrían regresar sólo al futuro Estado palestino.
     En septiembre del presente año se agregó una tercera iniciativa pacifista suscrita por los miembros del Parlamento Mijael Ratzón del Partido Likud y, Matán Vilnaí del Partido Laborista, por la parte israelí y por el hermano de Yasser Arafat y por el hijo de Abu Mazen por la parte palestina. Las formulaciones de este acuerdo eran de carácter muy general y no cristalizaron en un documento escrito.
     El valor del Acuerdo de Ginebra radica en ser la luz que señala un objetivo muy lejano pero factible. A pesar de que los resultados de este diálogo no sean vinculantes, la coalición israelo-palestina por la paz nació con el objetivo de demostrar a ambas sociedades que es posible lograr un modelo de coexistencia y que existe la voluntad de imaginar escenarios distintos al actual.
     La viabilidad del documento descansa, junto a las dificultades internas que esconden sus distintos artículos, en la voluntad política de quienes ostentan actualmente el poder.

Fecha de impresión: enero de 2004