FALLECIMIENTO Y DUELO

     La muerte es una experiencia dolorosa, pero el dolor es parte de la vida misma. Como tal, el judaísmo ha concebido una serie de rituales para manejar una de las crisis más profundas del hombre.    
     Dentro de la tradición judía se aprecia la vida; la muerte en si no posee ninguna virtud. Sin embargo, el judío devoto no discute con Dios acerca de la justicia de la muerte. La muerte, como la percibe el judío, sólo pone fin a la vida material, porque el alma -que es una porción de Dios- comienza una nueva vida en el mundo venidero. Esta seguridad ha proporcionado al judío la entereza para enfrentarla.

     Sin embargo, a pesar de la creencia en un mundo venidero, en el judaísmo no hay prioridad más grande que la vida. Los judíos reconocen la existencia de una vida material con la posibilidad de disfrutar sus bienes, limitados únicamente por el requerimiento de la moderación. Numerosos rabinos han expresado la creencia de que el hombre tendrá que responder frente a Dios por los placeres legítimos que él mismo se negó en vida, porque es ésta y no la muerte, la más grande experiencia humana.
     Sin embargo, existen una serie de rituales y observancias tradicionales que caracterizan la actitud judía hacia la muerte y el duelo, y que tienen por objeto mantener la dignidad del fallecido y consolar a los familiares.
     El cuidado del cadáver, la preparación del sepelio, y el entierro en si, son tareas religiosas de carácter sagrado. En toda comunidad generalmente se organiza una "jevrá kadishá", o sociedad sagrada, compuesta por miembros piadosos de la comunidad. La jevrá se responsabiliza de que un médico certifique la defunción y de que una persona permanezca con el cuerpo hasta que se le dé sepultura, ya que de acuerdo con la tradición judía éste no debe abandonarse hasta que se realice el funeral.    El cuerpo debe enterrarse lo más pronto posible para cumplir con el precepto bíblico que dice: "Su cadáver no pasará la noche... antes le enterrarás sin falta ese mismo día". (Deuteronomio 21:23).
     Los funerales deben ser muy sencillos para no avergonzar a las personas humildes que no puedan realizar un sepelio ostentoso. Las flores y la música son signos de alegría y por lo tanto no deben utilizarse en un funeral.
   El ataúd debe ser de madera, simple y sin adornos, para enfatizar la idea de que todos los hombres son iguales a la hora de morir. Todos los judíos son enterrados con la misma vestimenta. Esta práctica fue instituida por el rabino Gamaliel hace 1800 años, para indicar, de nuevo, que el rico y el pobre son iguales ante Dios. Desde entonces, los judíos son sepultados en una mortaja o sudario confeccionado en algodón blanco, símbolo de pureza.
     Los sudarios deben prescindir de bolsillos, lo cual significa que el hombre no se lleva consigo ninguna de sus posesiones materiales al morir. Esta visión no ha sido compartida por otras civilizaciones como la de los egipcios, quienes se preocupaban de proveer sus tumbas con pertenencias para una nueva vida. Según el judaísmo, "en la hora de la partida del hombre de este mundo ni la plata, ni el oro, ni piedras preciosas, ni perlas lo acompañan, sólo sus conocimientos y las buenas acciones". (Pirké Avot 6:9).
     El judío pone gran énfasis en la importancia del alma sobre el cuerpo. No obstante, la destrucción del cuerpo está prohibida por estar creado éste a imagen y semejanza de Dios. El judío no permite la incineración porque considera esencial el regreso a la tierra de la cual fue creado, "porque polvo eres y al polvo volverás". (Génesis 3:19).
     Al terminar los servicios del funeral comienza el primer periodo de duelo llamado "shivá", que literalmente significa "siete". Durante una semana los dolientes directos -padre, madre, hermanos, hermanas, hijos y cónyuge- permanecen en el hogar de la persona fallecida, porque se cree que su alma no abandona el hogar durante siete días, y por tanto, las oraciones que se recitan sirven de consolación a su triste espíritu.
     En la shivá, los deudos deben sentarse en banquillos más bajos de la altura normal, en señal de luto. No pueden cortarse el cabello ni afeitarse y deben evitar toda actividad que les proporcione placer. Además no deben trabajar, aunque se exceptúan determinados casos.
     Durante los siete días de la shivá también se realizan servicios religiosos en honor del fallecido. Tres veces al día se recita el "kadish", oración distintiva del duelo judío. El kadish, escrito en arameo -idioma de las masas en tiempos talmúdicos- es una doxología, es decir, una oración de alabanza que no contiene referencias directas a la muerte. Es una afirmación de la fe en la sabiduría de los decretos divinos, una declaración de la grandeza del Todopoderoso. Además, es uno de los pocos rezos del judaísmo que se debe realizar con la presencia obligatoria de un quórum de por lo menos diez adultos, ya que el doliente siempre debe estar acompañado en su pena.
     Los deudos deben desgarrar una prenda de vestir como signo tradicional de dolor y luto. La prenda desgarrada debe usarse durante toda la semana de duelo. La vestimenta debe desgarrarse por el lado izquierdo cuando se trata del fallecimiento de los padres, porque es el lugar más cercano al corazón. Con los demás familiares, se rasga por el lado derecho. El doliente debe pronunciar la siguiente bendición en el momento en que le desgarran la ropa: "Bendito eres tú, Señor nuestro Dios, Rey del Mundo, Juez Verdadero", como testimonio de que no culpa al Todopoderoso por su pérdida y que acepta el juicio divino.
     Es costumbre que en las casas que están de luto se cubran los espejos, ya que éstos se asocian con la vanidad y durante el duelo no es apropiado preocuparse por la apariencia personal. Esto también es la expresión de que en su dolor el hombre continúa creyendo en Dios y no quiere que su tristeza se refleje en el espejo.
     Durante los siete días de duelo se encienden velas para ayudar al alma en su viaje al cielo, ya que en la tradición judía las velas son símbolo del cuerpo y del alma, y la flama constituye el espíritu que se eleva hacia Dios.
     En la semana de la shivá los familiares y amigos acostumbran realizar visitas de condolencia para consolar a los deudos en este periodo inicial de depresión y tristeza. Generalmente llevan las comidas, porque en su dolor los deudos no pueden preocuparse por otras cosas. De este modo cumplen con la obligación que tiene todo judío de dar auxilio emocional, mental y espiritual a las personas que están de luto.
     Al terminar la shivá se inicia el segundo periodo de duelo llamado "shloshim" que significa "treinta" y que se extiende hasta el trigésimo día después del entierro. Durante este lapso se prohibe a los deudos cortarse el cabello o afeitarse, además de que no deben asistir a fiestas. El duelo se termina con esta etapa, excepto cuando se trata del fallecimiento del padre o la madre. El último periodo de luto se extiende hasta que se cumplen once meses a partir del fallecimiento. Durante este año, los hijos deben asistir diariamente a la sinagoga a recitar el kadish. Después del primer año, se acostumbra conmemorar el aniversario anualmente con el encendido de velas o veladoras y un servicio religioso.
     Una antigua costumbre entre los judíos es la de erigir una lápida en la tumba como un acto de reverencia a la persona fallecida, de modo que no sea olvidada y que su lugar de descanso definitivo no sea profanado. La práctica data de la época de los patriarcas; "Y Jacob erigió un monumento sobre la sepultura, el cual es el monumento de la sepultura de Rahel hasta el día de hoy". (Génesis 35:20).
     Según las costumbres de las distintas comunidades se acostumbra erigir la lápida entre los 30 días y los 11 meses después del entierro, en parte porque los muertos son recordados diariamente por los dolientes al recitar el kadish. El descubrimiento de la lápida se acompaña frecuentemente de un servicio y ritual especiales.
     Por el respeto que el judío tiene hacia la muerte, el suicidio es considerado una seria ofensa contra Dios y el hombre. El mundo fue creado en beneficio de cada individuo por lo que aquel que destruye una sola alma es como si hubiera aniquilado al mundo entero. Además, la vida es un don otorgado por Dios y como tal sólo. El tiene derecho a disponer de ésta. De acuerdo con las leyes judías, el suicida es sepultado separadamente en los límites del cementerio. No es menester rasgar las vestiduras, guardar luto o pronunciar apologías en recuerdo de un suicida. Sin embargo, la legislación se muestra flexible ya que no se cataloga a todos los suicidas por igual. Se debe evaluar si el individuo se encontraba en plena posesión de sus facultades mentales o si actuó por impulso, bajo los efectos de una fuerte presión mental o dolor físico.
      La muerte está fuera del control del hombre, y a pesar de lo intenso de la pérdida, el judío tiene prohibido prolongar el periodo de luto, más allá de lo que estipula la ley.
     Según la tradición judía, el hombre debe aceptar los designios divinos y recordar que la vida no es sólo una lucha vacía o un sueño que termina con la muerte.
     La vida es sagrada y no debe emplearse únicamente en la consecución de bienes materiales, porque al morir, perduran los hechos, las buenas acciones y un nombre honorable.