TESTIGOS SILENCIOSOS

     Durante más de cinco décadas, el Comité Internacional de la Cruz Roja negó el acceso público a los archivos que atestiguaban cómo millones de civiles fueron perseguidos, torturados y asesinados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
     Finalmente, tras años de silencio, la Cruz Roja ha abierto sus bóvedas, donando más de 25,000 documentos al Museo del Holocausto en Washington. Las 60,000 páginas son un testimonio fidedigno de los errores que dicha organización cometió en lo que, sin duda, es conocida como la peor crisis de la historia moderna: el exterminio de millones de seres humanos perpetrado en forma sistemática por los ejércitos del Tercer Reich.

     Los expedientes proporcionados, mismos que permitirán reconstruir la historia, incluyen listas mundanas de los alimentos y medicinas entregados por la Cruz Roja Internacional (CRI); notas que relatan la existencia de cientos de miles de cuerpos semi-cremados y que, a la vez, hablan de las “380 bolsas de pastillas para la garganta sabor cereza y 160 envases de endulcificante” distribuidas en los campos de concentración. Listas de prisioneros de los campos -niños, adultos y ancianos- que constituyen una herramienta fundamental para investigar las genealogías, contrastan con correspondencia intrascendente entre burócratas.
     Mezcladas entre los papeles se encuentran 600 fotografías inéditas que muestran cómo vivían quienes permanecían recluidos detrás de los cientos de metros de bardas electrificadas de los campos, en los miserables ghettos judíos o en los barcos de recate.
     Textos que datan de 1941 indican que mientras los nazis implementaban la “Solución Final” para exterminar a los judíos, la CRI trabajaba para determinar si los detenidos debían recibir 30 ó 50 gramos de margarina.
     Algunos de los archivos describen a la CRI en términos favorables, destacando su lucha contra un régimen hostil. Muchos otros detallan la logística de la monumental tarea de una organización de ayuda que coordinaba a más de 100 afiliados, incluyendo la Cruz Roja Americana, y que logró entregar 927,000 paquetes de ayuda a civiles recluidos en los campos de concentración. Otros documentos relatan las acciones de algunos delegados que en forma independiente, lograron salvar la vida de miles de personas.
     Sin embargo, en términos generales, la CRI es descrita como una organización impotente, paralizada por sus propias políticas, manipulada por los nazis e incapaz de denunciar las atrocidades de las que fue testigo.
     En una entrevista realizada en Washington Cornelio Sommaruga, actual presidente de la Cruz Roja Internacional reconoció, las fallas en las que incurrió dicha institución “Sin duda alguna, en la Alemania nazi fuimos ineficientes, no tuvimos la sensibilidad para comprender las condiciones de los refugiados, pero no se nos puede acusar de cómplices en el asesinato de millones de seres inocentes”.

La responsabilidad de la Cruz Roja Internacional
    
Durante años la CRI evitó las constantes críticas a su respuesta ante el Holocausto. Aún antes de que terminara la guerra, daba ya instrucciones a sus empleados de cómo responder a dicho cuestionamiento.
     En 1945, a través de correspondencia oficial, la CRI reconoció que sus esfuerzos durante la guerra representaban la peor derrota en la historia de la misión humanitaria y ejemplificaban el fracaso de una civilización completa.
     Actualmente las autoridades de dicha organización reconocen que podían haber actuado en forma más contundente. No obstante, argumentan que en los años de la guerra no contaban con las herramientas necesarias para impedir el genocidio de millones de judíos. Durante aquella época la CRI no tenía suficiente fuerza para ejercer presión sobre los distintos gobiernos y persuadirlos de adoptar medidas específicas.

¿Por qué no habló la Cruz Roja Internacional?
    
Los documentos proporcionados sugieren distintas razones por las que la organización mantuvo silencio durante más de 50 años:
     - Temor a que Alemania impidiera el acceso a los campos de prisioneros de guerra. Desde mediados de 1942 la CRI enviaba mensajes a los oficiales nazis solicitando el acceso a dichos campos. Cualquier medida abrupta podría perjudicar los intentos por mejorar las condiciones de vida de los convictos.
     - Confusión sobre el rol que jugaban y sus responsabilidades. La CRI no tenía autoridad legal para cuestionar el trato que los nazis daban a sus reclusos ya que la Convención de Ginebra, bajo la cual operó la organización durante la guerra, no permitió la protección o inspección de los prisioneros civiles hasta 1949.
     - Preocupación de que se les negara la entrada a los campos de concentración. En las ocasiones en que los nazis permitieron el acceso a los campos, los delegados de la CRI sólo pudieron visitar las áreas designadas y hablar con prisioneros previamente seleccionados por los guardias.
     - Temor de que los nazis invadieran Suiza. A pesar de que la Cruz Roja era considerada neutral, tenía sus bases en Ginebra y había sido fundada por el gobierno helvético. En octubre de 1942 algunos integrantes de la directiva de la CRI intentaron emitir una declaración condenando la persecución de civiles. Dicha iniciativa fue bloqueada por las autoridades suizas por temor a provocar una invasión nazi.
    - Tendencia a no creer historias. Diversos documentos sugieren que la CRI no creía ni comprendía la dimensión de los crímenes cometidos por los nazis, a pesar de haber escuchado a diversos testigos que durante la guerra lograron escapar de algún campo.

Triunfos y lecciones para el mañana
    
A finales de 1944 la CRI descubrió los rostros de los hombres detrás del Holocausto. Alemania se encaminaba a la derrota y los cabecillas nazis, temerosos de que se les juzgara por las atrocidades cometidas, comenzaron a hablar.
     En enero de 1945, en una primera reunión memorable a la que asistieron oficiales de la CRI y autoridades nazis -entre ellos Adolfo Eichman, responsable de la “Solución Final”, Rudolph Hoess, comandante de Auschwitz y Richard Gluecks, jefe de los campos de concentración- se abrieron las puertas de los más terribles campos de exterminio.
     En los meses previos al fin de la guerra, gracias a las negociaciones entre Carl Burckhardt -presidente de la CRI- y Kaltenbrunner -oficial del Tercer Reich- la organización ayudó a un gran número de prisioneros. En el campo de Ravensbruck, Alemania, los delegados de la organización lograron evacuar a miles de prisioneros antes de que fuese liberado. En Dachau, la CRI ayudó a negociar la transferencia del campo a control norteamericano, colaborando, a la vez, en la repatriación de los prisioneros.
    Para Kim Gordon-Bates, vocero oficial de la CRI en Ginebra, “la realidad del Holocausto fue más allá de la peor ficción”. La lección fue aprendida. Nuestra respuesta inmediata a las crisis en Bosnia y Ruanda son prueba de nuestra determinación de alertar al mundo de los desastres humanitarios.

1997: Continúa la búsqueda de las víctimas
    
En 1946 los Aliados establecieron el servicio de rastreo; para 1955, gracias al apoyo del Estado de Israel, éste fue transferido a la Cruz Roja.
     A la fecha, el Comité Internacional de la Cruz Roja cumple con la tarea de identificar a las víctimas del Holocausto. Su base de operaciones se encuentra en Arolsen, Alemania, en donde los 400 empleados del Servicio Internacional de Rastreo, atienden más de 240,000 averiguaciones de personas que buscan alguna información sobre familiares y amigos o sobrevivientes que requieren datos para reclamar los bienes perdidos.
     Gran parte de los expedientes con los que trabajan fueron compilados por los nazis quienes, con detalle, registraban todo lo que sucedía en los campos de concentración. También utilizan las listas de los prisioneros que solicitaron ayuda durante la guerra y los archivos de los campos de refugiados. No obstante, a pesar de contar con diversas fuentes de información, existen enormes vacíos ya que los nazis no registraban a los prisioneros que pensaban ejecutar a su llegada a los campos.

A manera de conclusión
    
Para los estudiosos del tema, la pasividad de la Cruz Roja Internacional durante la Segunda Guerra Mundial fue tan sólo un reflejo de la actitud de las potencias, de la comunidad religiosa así como de diversas organizaciones humanitarias.
     Existen evidencias que demuestran que los Aliados tenían conocimiento de los crímenes nazis desde 1941, cuando Gran Bretaña interceptó mensajes germanos detallando la ejecución de decenas de miles de judíos en las zonas ocupadas por la fuerzas del Tercer Reich. Los líderes de las potencias decidieron que el único camino para salvar a las víctimas de los nazis era ganar la guerra. Su determinación costó la vida de cientos de miles de seres humanos.

 BIBLIOGRAFÍA

Eisler, Peter Silent Witness USA Today, USA, Mayo, 1997