Palabras de Mily Cohen, Vicepresidenta del Museo Memoria y Tolerancia, con motivo del Día de la Conmemoración Anual en Memoria de la Víctimas del Holocausto. Enero 27, 2020

   Bienvenidos todos….
   Es un gran honor para mí presidir este día tan significativo. A 75 años de la liberación de Auschwitz aún hay muchas lecciones por aprender. El Museo Memoria y Tolerancia está comprometido con la educación en valores y la memoria histórica.
   Durante la creación del Museo visite Auschwitz, leí libros, escuche cientos de testimonios y vi terribles imágenes, pero apenas hace unas semanas llego a mis manos algo que nunca había leído: una recopilación de cartas escritas, en los meses posteriores a la liberación, por sobrevivientes aún turbados por el horror vivido en los campos. Cartas dirigidas a algún familiar en otro país, a amigos, a autoridades. La mayoría de ellas escritas con la esperanza de encontrar con vida a un padre, una madre, hijos o hermanos. Y también con la esperanza de que el mundo los escuchara y los ayudara a reconstruir sus vidas.

   Les comparto un fragmento de una carta escrita por un sobreviviente llamado Lyuba que me conmovió profundamente:
   “Queridos amigos: Sabíamos que el mundo es malo con nosotros, pero aun así confiábamos, en lo profundo del corazón, que si permanecíamos con vida hallaríamos un mundo que nos recibiría amablemente, que se arrepentiría de sus acciones. En realidad, el mundo está peor que antes de la guerra. Por lo visto la humanidad ve en nosotros las victimas de sus acciones, y al verlas reflejadas en nosotros, se asustan de sí mismos. Y nos odian o se odian aún más. Pero nosotros tenemos una gran verdad en nuestros corazones, la verdad de nuestra inocencia, de nuestra rectitud, y eso nos da la fuerza”
   Parecía que las pesadillas de las víctimas de los campos de concentración se hubieran hecho realidad: el mundo no quería saber, no se atrevía a imaginar o, en otras palabras, deseaba desviar la mirada y tapar sus oídos al episodio más infame y vergonzoso de la historia, en donde se demostró la capacidad destructiva del hombre. Un mundo en donde todos se sabían responsables en una medida u otra, porque la historia y los Justos entre las Naciones demuestran que la conciencia es libre a pesar de la opresión y la mudez de quienes pudieron hablar y no lo hicieron permitió el asesinato de millones de seres humanos.
   Hoy, que por fin el mundo escucho y existen museos, memoriales y conmemoraciones como esta, la lucha es contra del olvido. Porque no hay que olvidar que lo inconcebible fue concebido, lo inimaginable fue imaginado… Lo impensable fue pensado por mentes cultas, lo imposible fue posible por la colaboración de millones de personas. Pero lo incomprensible… sigue siendo incomprensible.
   La necesidad de seguir aprendiendo del genocidio que marcó una ruptura en la conciencia humana, que puso en evidencia la capacidad del hombre de autodestruirse, es precisamente porque tanto masacres como genocidios han seguido ocurriendo a los ojos del mundo sin que el Hombre, aquel que, como escribe Primo Levi, desapareció en Auschwitz, reaparezca de nuevo.
   El Holocausto y sus herramientas educativas no solo son relevantes cuando hay actos de antisemitismo, son relevantes siempre, hoy más que nunca con el resurgimiento de la violencia en contra del diferente, el extranjero, el blanco, el negro, el migrante, el rico o el pobre, la cara del odio es infinita. Ahí donde hay odio y violencia el Holocausto sirve de brújula a la humanidad, porque nos muestra las terribles secuelas humanas de la maldad, del mismo modo que nos enseña sobre el enorme poder del amor, la empatía y el compromiso humano.
   No podemos ser indiferentes a lo que actualmente sucede en el mundo porque como escribe el historiados Ian Kershaw: “La carretera a Auschwitz la construyó el odio, pero la pavimentó la indiferencia” Esta misma indiferencia seguirá construyendo, si nos aislamos en el silencio, otros campos, otras muertes y, por qué no, otros Auschwitz.