La fe después de la Shoá. *Asociación Yad Vashem México. Comité de Difusión e Imagen. Sofía Mercado Atri

   En La festividad de Pésaj se celebra la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, la salida de los hebreos hacia el desierto para cumplir su destino y convertirse en una nación. Después de siete semanas de caminar en el desierto, llegaron ante el Monte Sinaí, donde Moisés, su líder, recibió la Torá, el grupo de leyes que rigen el comportamiento humano, leyes del hombre para el hombre, del hombre para la naturaleza, leyes del hombre para Dios. Es entonces que el pueblo hebreo se convierte en una nación; aún antes de tener una tierra donde establecerse, ellos ya tenían una legislación que regiría su vida.

   Desde entonces, la Torá y su contenido ético, incluido en 613 mitzvot o preceptos, ha guiado la vida del judío en todos los rincones de la Diáspora. No todos los judíos cumplen con los 613 mitzvot, pero todos saben que ahí están. El espectro de observancia es muy amplio, desde el judío ortodoxo que lleva a cabo todas las mitzvot hasta el judío laico y universal que las ignora con el fin de considerarse ciudadano del mundo. Sin embargo, sin importar su nivel de observancia, un judío será siempre un judío tanto para él mismo, como para el mundo entero.
   Durante la Segunda Guerra Mundial todo judío, observante o no, corrió la misma suerte. Para las intenciones de los nazis con respecto a eliminar a toda la población judía del mundo, se consideraba como tal a toda persona que tuviera ascendencia judía.
   Dentro de los guetos, campos de concentración y exterminio, había judíos que se esforzaron por mantener vivas las mitzvot, hasta donde las circunstancias se lo permitieran. Llevaban a cabo los rezos diarios y celebraban, aunque sólo fuera con el pensamiento, las festividades. Sentían que solo así mantendrían viva su fe en su Creador y que Él los liberaría de la desgracia. Incluso algunos prefirieron morir antes de profanar la palabra de Dios; ellos murieron con el Kidush Hashem en la boca, santificando el nombre de Dios.
   Pero no todos se pudieron mantener leales a sus creencias. El hambre, el frío y la proximidad de la muerte les hicieron renegar de su fe, hasta negar la presencia de Dios.
   El siguiente texto anónimo describe el sufrimiento de un judío al confirmar la ausencia de Dios dentro de los campos:
   “Un día tuve que presenciar la muerte de un niño condenado a la horca, un niño holandés, de rostro fino y delicado, parecía un ángel de ojos tristes. Detrás de mí un hombre preguntó en voz baja: ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está? Y entonces, escuché una voz dentro de mí que contestaba: ¿Dónde está? Aquí está. ¡Ahorcado en este patíbulo!”
  
Lo triste de este texto es que pudo haber sido escrito por cualquier judío dentro de los campos, observante o no. Después de la guerra no fue fácil para los sobrevivientes recuperar su ritmo de vida normal, sobretodo en cuanto a rescatar su fe en la humanidad, su fe en Dios.
   La historia del pueblo judío está cargada de momentos trágicos a los que invariablemente intentamos encontrar alguna explicación o sentido. El filósofo judío Emmanuel Levinas sostenía que “lo que más duele de las tragedias es la imposibilidad de encontrarles alguna razón que les dé un sentido. Cuando el mal excede la capacidad de interpretación, duele sin anestesia, sin parangón. Es por eso que vestimos los hechos con interpretaciones, aun si algunas personas los interpretan diferente o hasta de manera antagónica.”
   La Shoá es un gran misterio, como los caminos de Dios que no tienen explicación. Para muchos estudiosos, la Shoá es un hecho histórico que pretende entender lo destructivo que puede ser el hombre y la sociedad y al mismo tiempo, es una prueba de fe.
   Para Elie Wiesel, los acontecimientos espantosos que vivió, incluyendo la larga agonía de su padre, lo llenaron de confusión, como él mismo confiesa, “…mataron a la vez a mi Dios y a mi alma.”
  
Auschwitz hizo de aquel niño, formado en el jasidismo, un verdadero Job del siglo XX. Más tarde, él plasmaría este aspecto de su personalidad en su primera novela, “La noche”:
   “La noche es el problema del mal y una pregunta que nunca tiene respuesta total: ¿Por qué? Tal vez, Dios se revela al hombre en el silencio que sucede a la tormenta. Dios es el silencio. “
  
Elie Wiesel siente una gran admiración por la página del Antiguo Testamento que narra la lucha del patriarca Jacob. Quizás la razón de esta admiración está en que Jacob personifica “el hombre que lucha, que protesta ante Dios”.
   En varias ocasiones, Wiesel confesaba que, sin la guerra y sus terribles consecuencias, él hubiera sido maestro de Talmud toda su vida, en algún pueblecito de montaña.
   Wiesel no podía no creer en Dios, pero no comprendía el dolor de su pueblo. Éste fue siempre su drama interior. Protestaba, al igual que Job, contra el silencio de Dios, contra la injusticia, por el mal que existe en el mundo. Y como Job repite: ¿Por qué? Al no obtener respuesta a este cuestionamiento afirma:
   “Puedo estar a menudo contra Dios, pero nunca sin Dios.”
   El filósofo judío, Emil Fackenheim escribió muchos libros sobre este controversial tema, pero es más conocido por una sencilla frase. Él alegaba que, después de la Shoá, además de las 613 mitzvot que indica la Torá, los judíos deberían observar una más, la mitzvá 614. Según él esta mitzvá indica:

  1. No se debe otorgar a Hitler una victoria póstuma
  2. Estamos obligados a sobrevivir como judíos, a no ser que el mundo judío desaparezca.
  3. Estamos obligados a recordar, en lo más profundo de nuestras entrañas, a loa mártires de la Shoá, a no ser que desaparezca su memoria.
  4. Está prohibido negar o renegar de Dios, sin embargo, mucho tendremos que debatir con él a no ser que el judaísmo muera.
  5. Está prohibido perder la esperanza en el universo, como el lugar que se convertirá en el Reino de Dios, a no ser que hagamos de él un lugar sin sentido, en donde Dios esté muerto y que todo sea permisible.”

   A manera de conclusión, na anécdota, del Satmar Rebe, Yoel Teitelbaum. Cuando él se estaba preparando para irse de Israel hacia los Estados Unidos, le preguntaron: “Rebe, ¿a quién iremos a pedirle bendiciones?”. Y él respondió:
   “Vayan a cualquier shul y cuando vean que alguien se coloca los tefilín sobre los números que le grabaron en su ante brazo en el campo de concentración, entonces, él tendrá el poder para bendecir. Puesto que su fe sobrevivió a los horrores, los sobrevivientes son los verdaderos héroes del Shoá.”