1789-1989: A 200 AÑOS DE EMANCIPACIÓN JUDÍA

     La historia de la Francia del siglo XVIII  modificó el destino de la humanidad. La filosofía racionalista dio nuevos significados al concepto de Estado, al valor de la fe y a los fundamentos políticos y doctrinales de la Iglesia. Destacados intelectuales galos forjaron así un destino diferente para su país y, sin saberlo, para el mundo en general. Los enciclopedistas iniciaron la liberación intrínseca del hombre fundamentando su lucha en los conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad.
     Los vientos revolucionarios que soplaban en tierra francesa alcanzaron a todos sus habitantes. Las clases oprimidas, los marginados, las minorías toleradas se vieron beneficiados por estos postulados que los convertían en ciudadanos libres con todos los derechos y las prerrogativas legales. Entre estos sectores se encontraban los judíos franceses, quienes a diferencia de sus correligionarios en el resto de Europa, por primera vez en siglos tuvieron la posibilidad de ser protagonistas del desarrollo de su país y de participar en todos los renglones del quehacer nacional.

     Pero aún con la Revolución Francesa, los judíos no obtuvieron la igualdad automáticamente. A pesar de que el 27 de agosto de 1789 en la Asamblea Nacional se aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre que estipula que nadie sería molestado por razón de sus creencias religiosas mientras las manifestaciones de éstas no alteraran el orden público establecido por la Ley, este trascendental documento no contemplaba a los judíos. Las consignas libertarias no podían aplicarse a éstos ya que no eran considerados ciudadanos franceses. Aunado a ésto, las esperanzas judías se vieron truncadas debido a que la Revolución sacudió a las masas sin modificar actitudes firmemente arraigadas y los prejuicios ancestrales conservaron su vigor.
     Sin embargo, el tema de los derechos de los judíos se convirtió en un asunto de interés nacional. De acuerdo con los postulados revolucionarios, era imposible mantener una sociedad en la que todos los hombres -cualesquiera fuera su condición- fueran considerados iguales, con excepción de los judíos. Durante 1789, en tres sesiones de la Asamblea Nacional, se debatió la cuestión judía sin lograr los votos necesarios para otorgarles la ciudadanía. No fue sino hasta 1791, cuando en la Constitución Francesa se legisló una cláusula en la que se les erigía finalmente en ciudadanos cabales ante la Ley: Se revocan todas las prorrogaciones, reservaciones y excepciones insertas en los decretos precedentes, relativas a los individuos judíos que hayan prestado juramento cívico, que será visto como una renunciación a todos los privilegios y excepciones introducidos anteriormente.
     La emancipación significó así, formalmente, la abolición de las restricciones aplicadas especialmente a los judíos, traduciéndose en la igualdad de derechos políticos, legales y sociales. Como individuos, los judíos recibieron nuevas oportunidades de desarrollo y un cambio en su status de extranjeros tolerados. Pero las nuevas leyes emancipatorias, no otorgarían a los judíos -como grupo- ningún tipo de concesión especial.
     Una de las consecuencias del nuevo orden establecido fue la intromisión del Estado en los asuntos religiosos, modalidad que se puso de manifiesto al subir Napoleón Bonaparte al poder. Este creó un sistema a través del cual el rabinato francés y las organizaciones comunitarias judías se convirtieron en instrumentos estatales. A pesar de que Napoleón reconoció el derecho a la libertad de culto, dictaminó que los dirigentes religiosos debían ser electos por autoridades gubernamentales, restringiendo así la autonomía de la minoría judía.
     A la era napoleónica siguió una época de intolerancia religiosa e intenso nacionalismo. Los judíos fueron reprimidos, y en algunos casos, se les retiraron sus concesiones. No obstante, los ideales del Iluminismo se filtraron a otros países y poco a poco se extendieron por toda Europa. A pesar de que no fue un proceso simultáneo para los judíos de las incipientes naciones europeas del siglo XIX, la lucha por la emancipación se convirtió en la piedra angular de su existencia. Para el siglo XX, los judíos empezaban a formar parte integral de los países en los que vivían.

HISTORIA
    
Durante un extenso período, la actitud de rechazo y hostilidad de la sociedad europea hacia los judíos se generalizó. Para fines de la Edad Media, la enemistad que se había acumulado se intensificó, y en muchos de los países europeos se llevaron a cabo actos antijudíos que culminaron con la expulsión.
     Entre las comunidades más importantes de la zona destacaba la francesa con cerca de 50,000 judíos que habitaban en las provincias del este, Alsacia y Lorena, en condiciones miserables y hostigados por restricciones económicas y legales que impedían su desarrollo.
     Para 1723, los judíos habían recibido la legalización de su residencia, pero una gran parte aún se encontraba sujeta a expulsiones periódicas.
     Poco antes de que estallara la Revolución Francesa, los judíos habían ya desplegado enormes esfuerzos por mejorar su situación sin obtener resultados. Cuando finalmente obtuvieron la igualdad, manifestaron su lealtad incondicional a la lucha revolucionaria.
     Su nuevo status confrontó a los judíos europeos con una combinación de excitantes posibilidades y amenazantes desafíos. Esta ambivalencia se manifestó, por un lado, en las presiones tanto internas como externas por romper las barreras que durante siglos los habían segregado para integrarse a la sociedad de lleno, mientras que por el otro, en el fortalecimiento de una conciencia histórica que los impulsaba a mantener vivas sus tradiciones y costumbres.
     Muchos judíos se percataron de que para participar en la vida pública tendrían que abandonar su autonomía particular. Sin embargo, muchos otros abrazaron fervientemente su judaísmo y lo protegieron de los ataques del mundo circundante. La emancipación implicaba para éstos sucumbir al hechizo de la igualdad y de una supuesta libertad a cambio de sus valores tradicionales.

LOS RESULTADOS
    
Los cambios más patentes en la historia moderna del pueblo judío fueron producto de las corrientes de pensamiento que se generaron a fines del siglo XVIII y principios del XIX. La emancipación, que surgió como una necesidad, tanto para el estado moderno como para los propios judíos, alteró radicalmente su status social y político.
     Tristemente, la emancipación no resultó ser la panacea esperada. La pérdida o transformación de la identidad no colocó a los judíos en una posición de mayores beneficios, sino que al contrario, dio pie al surgimiento de una infinidad de motines y nuevamente de olas antisemitas. La asimilación, además, no sirvió para lograr la extinción progresiva del prejuicio antijudío milenario que se transformó adoptando un cariz racial.
     En la mayor parte de Europa occidental, la emancipación propició recriminaciones contra los judíos. Su participación en términos equitativos en la sociedad provocó que las leyendas medievales, tejidas en torno al "pueblo deicida", se reactivaran.
     Surgió, además, un antisemitismo estatal desconocido. Los regímenes anteriores habían demostrado un interés en la productividad de los judíos, y por ende, los protegían y les concedían privilegios. Pero con la democratización de la vida moderna, los estados requirieron del apoyo del pueblo y pusieron en juego todos sus elementos. El judío fue utilizado como chivo expiatorio de todos los males que aquejaban a la sociedad moderna.
     La reacción hostil que se suscitó contribuyó a consolidar los vínculos solidarios entre los judíos y a perpetuar en ellos un fuerte sentimiento de identidad, mismo que los impulsa a redefinir la historia y el nacionalismo judíos en el trayecto del siglo XX.

BIBLIOGRAFÍA

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