LAS COMUNIDADES JUDÍAS EN LATINOAMÉRICA

     La historia del judaísmo latinoamericano que se extiende por más de cuatro siglos puede ser entendida como un proceso de integración armónica de nuevas experiencias y enseñanzas milenarias, que han redundado en beneficio de la identidad judía y del enriquecimiento cultural de los países que lo han acogido. En el largo y complejo proceso de aculturación y de coparticipación, los inmigrantes judíos han absorbido los patrones culturales de las sociedades que les han dado cabida.
     Ya desde el siglo XIX en el que los judíos supieron hacer suya la gesta libertadora cumplida por cada nación latinoamericana, hasta el día de hoy, la energía propulsora de las comunidades judías se ha manifestado en la vocación de convivencia del pueblo judío y ha propiciado el diálogo, resultado natural de un clima de tolerancia y de pluralismo.

HISTORIA
    
La presencia judía en América Latina se remonta a los siglos XV y XVI cuando España conquistó y colonizó el Nuevo Mundo. Muchos judíos salieron de la península ibérica en 1492 rumbo a América ya que en 1479 se había decretado el Edicto de Expulsión de los Judíos. A pesar de que existían numerosas leyes que prohibían a los judíos establecerse en los dominios de la Corona, conversos o nuevos cristianos llegaron a estas tierras con el objeto de refugiarse de los rigores de la Inquisición.
     La primera comunidad judía en América Latina se estableció en Pernambuco, Brasil. Posteriormente de allí muchos judíos emigraron a las Antillas y a Nueva Amsterdam, actualmente conocida como Nueva York. La sinagoga más antigua se encuentra en Curazao, se llama Mikve Israel Emanuel y funciona desde 1732. Es difícil establecer el número de judíos que existieron durante la época colonial, ya que para sobrevivir a las persecuciones inquisitoriales tuvieron que ocultar su presencia. La única fuente extensa de información sobre las actividades de estos judíos se encuentra en las actas y documentos de los procesos que el Tribunal del Santo Oficio llevó a cabo en el Nuevo Mundo.
     A pesar de que la presencia judía en Latinoamérica fue una constante desde la conquista, la inmigración judía aumentó a principios del siglo XIX, aunque no en gran escala. La ola migratoria más grande se llevó a cabo en Argentina de 1880 a 1890, cuando llegaron más de 200,000 judíos procedentes de Europa Oriental principalmente.
     Los judíos se establecieron en diversos países latinoamericanos atraídos por el clima de independencia e igualdad que éstos ofrecían, así como por la posibilidad de encontrar mejores oportunidades económicas. Los inmigrantes judíos se dedicaron a consolidar su presencia y a organizarse en comunidades incipientes, sin enfrentarse a limitaciones de tipo religioso o político como en el viejo mundo, ya que aquí la libertad de culto y de pensamiento se extendía a los judíos así como a los demás ciudadanos. La inmigración judía provenía en un 80% de Europa y en un 20% del Norte de Africa y Asia Menor. La inmigración creció a fines del siglo XIX y aumentó entre 1901 y 1914 cuando los judíos se unieron a las grandes oleadas migratorias hacia América Latina, encontrando refugio de la guerra y de las constantes persecuciones antisemitas que sufrían.
     Curiosamente, desde el surgimiento del nazismo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando la necesidad de emigrar de Europa era más imperante, la inmigración decreció trágicamente. Esto se debió a que algunos países, como Brasil y Uruguay, establecieron sanciones económicas y religiosas para limitar el número de judíos que radicaran en ellos. Sus gobiernos se encontraban influidos por las ideas radicales nacionalistas de los países del Eje, principalmente por la doctrina nazi, así como por la xenofobia producto de la guerra.
     Durante los años de la postguerra varios países permitieron que un mayor número de judíos legalizara su ciudadanía. En Argentina, por ejemplo, se desarrolló la más grande comunidad judía de Latinoamérica y una de las más antiguas de la región, conformada desde el siglo XIX.
     De la población judía que actualmente habita en la diáspora, un cinco por ciento se encuentra en América Latina. De 600,000 judíos latinoamericanos, 40% habitan en Argentina, 25% en Brasil, otro 30% entre México, Uruguay, Chile, Venezuela y Colombia y el cinco por ciento restante en otros países.
     En algunas naciones de América Latina se viven momentos difíciles social, política y económicamente. En algunos casos estas crisis exacerban los sentimientos ultranacionalistas y de xenofobia. En diversos países los regímenes militaristas fomentan la discriminación y el antisemitismo. Es por ello, que las actividades de los grupos antisemitas han sido muy aplaudidas en algunas épocas por ciertos sectores de la población en Argentina, Paraguay y Bolivia, sitios que han servido de refugio a criminales nazis desde el término de la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha.
     A pesar de que algunas naciones se han democratizado, como es el caso de Argentina y Uruguay, las ideas de intolerancia son utilizadas por los grupos radicales como instrumento político para lograr la desestabilización de los sistemas democráticos.

COMUNIDADES ACTUALES
    
Las comunidades judías en Latinoamérica, como elementos geográficos, políticos, culturales, económicos y sociales, comparten denominadores comunes, pero a la vez conforman realidades distintas que dependen tanto de su lugar de origen como del país donde se establecieron.
     Se trata en su mayoría de colectividades organizadas, relativamente jóvenes, con menos de cien años de existencia, que se ubican en zonas urbanas, principalmente en las ciudades.
     Las primeras organizaciones judías en América Latina se establecieron en el siglo XIX y tuvieron por objeto satisfacer las necesidades religiosas y de adaptación de los inmigrantes.
     Los judíos participaron en el crecimiento de los países cuando introdujeron procesos económicos desconocidos en Latinoamérica, como era el caso de la venta en abonos, que amplió la base económica de los sectores más necesitados.
     La mayoría de las comunidades siguieron los modelos de las congregaciones que predominaban en sus países de origen. Sin embargo, al aumentar la inmigración procedente de Europa Oriental, antes de la Primera Guerra Mundial, surgió un cambio radical en los patrones organizacionales comunitarios. Los nuevos inmigrantes sustentaban ideologías políticas diferentes y muchos de ellos eran seculares. Esto dio pie a la creación de diversas organizaciones con motivaciones ya no específicamente religiosas, sino culturales, deportivas, educativas, etc.
     Actualmente, las comunidades judías de Latinoamérica que surgieron con fines asistenciales se han diversificado y son responsables del manejo y la preservación de las instituciones comunitarias, las cuales están abocadas a la transmisión de la cultura, la educación y la tradición judía.
     En las naciones democráticas en las que se vive bajo un clima de libertad, las colectividades judías se desarrollan activamente y participan en las más diversas áreas del quehacer humano, contribuyendo al progreso del país.
     El futuro es promisorio para las comunidades judías de Latinoamérica. Distintos países bregan por lograr la estabilidad política y económica que les permita evolucionar. Se encuentran inmersos en la lucha por la paz, por la justicia, por la libertad, y es en este medio ambiente donde se facilita la existencia de sectores dinámicos que puedan agilizar el cambio enriqueciendo a los países que les dieron cabida.